Alejandro Campón junto a la ermita de Santiago.
Alejandro Campón junto a la ermita de Santiago. / L.C.G.

"Llevo más años de mi vida ya en Kenia que aquí"

  • Alejandro Campón comenzó como misionero en la región de Turkana hace 26 años, donde promueve diferentes proyectos

Alejandro Campón vuelve cada año al pueblo de sus abuelos y de su padre, con el que mantiene un vínculo muy estrecho desde niño. Hace 26 años marchó como misionero a Kenia, a la región de Turkana, y desde entonces desarrolla proyectos a favor de la comunidad que lo ha acogido como un vecino más.

-¿Cuándo emprendiste el rumbo hacia el país africano?

Me marché como voluntario en el año 90, hace ya 26 años. Al principio me acogieron en una misión en el norte del país, en Turkana, donde me dedicaba a contar niños en un centro de rehabilitación nutricional. Lo que hacía era pasar el registro a la cocina para saber cuántos niños y madres iban a comer cada día en ese lugar. Las primeras imágenes que tengo de Turkana son las de niños, aunque poco a poco fui enamorándome del lugar. Compré un billete de tres meses pero me quedé. No tenía la carrera acabada y tuve que volver un tiempo a España pero en cuanto pude regresé, en mi casa les costó entenderlo pero luego están encantados. Luego tuve que ir a la capital, a Nairobi, para estudiar Teología durante tres años y en 1996 ya me ordené como sacerdote. Pertenezco a la comunidad misionera de San Pablo Apóstol. Allí empecé a trabajar junto a otro español.

-Uno de los grandes proyectos que ha desarrollado es el de facilitar el acceso del agua a esas comunidades.

Cuando llegué allí pensé que al igual que en Casar se había construido una charca allí también se podía hacer. No tenía ni idea de cosas de agua, pero tuvimos la gran suerte que en Extremadura nos regalaron una máquina especial para hacer esos trabajos y pudimos empezar y ya hemos hecho 33 charcas en aquella región. Los animales y la gente ya tiene agua y eso es un gran avance.

-¿Cómo ha evolucionado Turkana en todo este tiempo?

Las cosas han cambiado mucho, aunque queda mucho por hacer. Cuando yo llegué era un año de sequía terrible, y había que recorrer muchos kilómetros para disponer de agua para lavarnos y otros muchos más para buscar en un pozo agua para beber. En ese lugar a día de hoy ya tienen agua en la casa. También el centro de rehabilitación nutricional todavía está, pero ya no es tan masivo, es para casos de desnutrición más específicos y eso indica que la situación ha mejorado. Sigue habiendo gente con problemas sobre todo cuando hay sequía pero este año por suerte ha llovido mucho. Las necesidades primarias básicas han ido mejorando poco a poco. Las escuelas también porque antes eran muy precarias. El problema es que, pese a que las infraestructuras están mejor, faltan docentes y en la escuela pública ha bajado la calidad, hay voluntarios que llegan por un mes o dos meses, pero no se puede hacer casi nada en ese tiempo, aunque para ellos la experiencia es buena.

-Cada año viene a Casar y siempre el pueblo aporta su granito de arena a los proyectos.

Casar es un pueblo solidario a todos los niveles, tanto institucional, como de parroquia como de los propios vecinos que siempre te ayudan. Hemos podido hacer muchas cosas gracias a su ayuda, también a la de Extremadura y de España. Los valores cristianos aún perduran como la generosidad y la solidaridad pese a que se percibe que nos estamos descristianizando.

-Pese a no haber nacido aquí su vinculación con Casar de Cáceres es muy estrecha.

Tengo a mi hermano y sobrinos viviendo en Barcelona y tengo más afinidad con Casar que con la ciudad en la que nací. El punto de atracción con el pueblo fue porque mi abuela vivió hasta los 104 años, mi padre se marchó muy joven a Barcelona pero siempre que podíamos veníamos a verla. Y siempre que venía a España pasaba por aquí y lo sigo haciendo, tengo lazos muy estrechos.

-¿Se ha planteado regresar a España de forma definitiva, a Casar de Cáceres?

Llevo ya más años de mi vida en Kenia que en España, aquí estoy muy bien pero allí está mi casa. Dios no quiera que por motivos de alguna enfermedad tenga que volver a España porque allí el sistema de salud es diferente y muy caro. No sabéis lo que tenéis aquí. Ahora estoy en una nueva misión también en Turkana es más pequeña, pero más delicada porque estoy en una zona en la que siempre ha habido conflictos fronterizos entre los residentes en Etiopía y los de Kenia. Hay un proyecto que estamos desarrollando de cultura de la paz que está empezando a dar sus frutos. Toco madera porque llevamos un año y medio sin ataques y sin un solo muerto. Se reunieron los obispos y nos dimos cuenta que todos tenemos el mismo problema, y a través de ese vínculo hemos ido avanzando con este tema. De hecho tenemos una escuela donde niños de las dos tribus conviven, se está creando una generación nueva y con otros valores. Ahora todos los esfuerzos se centran en la educación.

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