María, en el colegio con todas sus compañeras.
María, en el colegio con todas sus compañeras. / A.C.

En recuerdo a María Maya

  • Te conocía desde que éramos niños: tú en casa de tía Guadalupe y yo, al lado, en la tahona de la Travesía de Pizarro

Doce años María, se cumplen doce años desde aquella siniestra noche en la que un imbécil te segó la vida en un accidente perfectamente evitable. Ese día, en el que un grupo de compañeros celebrabais esa ya tradicional cena de Navidad, donde se olvidan los agravios y diferencias, y se comparte mesa y mantel con amigos del trabajo. Ese día, esa noche, un conductor imprudente y posiblemente inexperto acabó con tu vida de forma trágica. Dejando en el más absoluto desconsuelo a tu familia y amigos.

Me enteré en Lisboa y la primera reacción fue de incredulidad, de resistencia a aceptarlo. Me parecía imposible que a partir de ese día únicamente me quedarían los recuerdos, siempre bellos recuerdos de nuestra infancia y adolescencia. He compartido con amigos comunes que sólo era necesario conocerte para apreciarte, para quererte. En mi caso contaba con ventaja, te conocía desde que éramos niños: tú en casa de tía Guadalupe y yo, al lado, en la tahona de la Travesía de Pizarro. Recuerdo los desvelos, los cuidados de tía Guadalupe con su niña, su princesa. Ese tesón para que acabaras el desayuno que nunca terminabas, pues la hora de entrar en el colegio siempre te alcanzaba. Emprendías una veloz carrera con las coletas al viento camino de las escuelas de la plaza de los toros...

El tiempo pasó mientras la memoria guardaba esos bellos e imborrables recuerdos. Nos hacemos mayores sobre los fuertes pilares de la infancia, ese importante periodo donde se construyen los seres humanos, cincelándose la personalidad con la que de mayores nos movemos por la vida. Ya de pequeña dejabas vislumbrar la bondad con la que te has conducido el resto de tu vida.

Tú, María, siempre serás joven en la memoria de tus amigos. Las personas a las que les sorprende una muerte temprana no envejecen, se inmortalizan con la misma edad, con la misma cara en el recuerdo de todos los que te conocieron. Esos amigos que, cuando te mencionamos, no podemos evitar la tristeza que nos produce todavía tu trágica y prematura partida. Cuando me encuentro a Mary Carmen y a Vicente Casares siempre tengo la sensación de que, entre ellos y su grupo de amigos, faltas tú.

María, la expresión cordial y sociable de tus padres no volvió a ser la misma. Desde entonces, una marca de tristeza y amargura se instaló para siempre en sus rostros, trasluciendo el desgarro interior que produce el desconsuelo, a pesar del apoyo y entereza de tus hermanos a los que tanto querías. Una parte de la vida de tus padres se fue contigo. No he podido mantener nunca con ellos una conversación sobre ti, siempre me dio miedo derrumbarme. Llevaron el dolor con digna y honrosa resignación.

María, uno desearía que las personas que quieres y aprecias, te acompañaran en tu existencia el mayor número de años posible. Pero casi nunca es viable. Cuando alguien querido desapare, una parte de ti y tus vivencias también desaparecen, también mueren. El paso de los años se va llevando a seres queridos de forma caprichosa, sin respetar prioridades ni afectos. Esto pasó contigo. Tu generación, la gente con la que creciste, en su mayoría están vivos, por ello nos pareció tremendamente injusta tu partida. Pero bueno, sigues viva en la memoria de los que te conocimos. No olvidarte es el mínimo homenaje que mereces y, recordarte, lejos de ser una obligación, es más bien una grata nostalgia, en la medida en la que las nostalgias puedan ser gratas, aunque para ello, a veces, se nos empañen los ojos. También este año, recordando la fecha y el lugar donde te perdimos, aparece atado el ya trandicional ramo de flores en la palmerita de la Avenida de Guadalupe. Fíjate María: Avenida de Guadalupe y tía Guadalupe, qué coincidencia, qué sarcasmo ¿verdad?

Siempre estarás en nuestro corazón.

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