CEDIDA
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Juan El Bocio, machadianamente bueno

  • casareños de acero

  • Tío Juan era un casareño de acero. Lo movilizaron a una guerra que no entendía y le tocó luchar en un bando que no sabía si era el suyo

-"Dámaso, yo en la guerra engordé. Cuando volví, vine gordo y lustroso. Aquí en el pueblo andábamos a base de regojos y penando al malandar".

Corrían los años setenta del pasado siglo cuando tío Juan el Bocio (pronúnciese bofio) contaba estas cosas a mi padre en "los descuajaos", arrancando escobas en la Peña del Momo. Ahí se acaba el término del Casar y comienza el de Arroyo de la Luz.

¿Cómo se puede engordar en una guerra? la respuesta puede estar en otra pregunta ¿Cómo viviría la gente humilde en los años treinta del pasado siglo en El Casar para que, a pesar de la tragedia y la desventura que supone estar en pleno campo de batalla, se engordara? Pues tío Juan así lo aseguraba, no era hombre de exagerar ni de mentir. Él sirvió en la feroz legión de Millán-Astray y pertenecía al batallón que tomó Badajoz en una de las batallas más cruentas libradas en la contienda.

Tío Juan comenzaba todas las frases con un "enndiio". Por supuesto, sin ánimo de blasfemar. "¿Qué quieres qué yo haga, Dámaso, si me sale sin querer? no soy ehcapaá de hablaá de otra manera". Arrancando escobas era un experto, él iba a "hecho", no dejaba nada atrás. Había desarrollado una técnica impecable. A pesar de no ser un hombre muy fuerte, casi ninguna se le resistía, en pocas ocasiones tiraba de segureja. Realizaba un tirón seco muy pegado al suelo en dirección a sus pies, de esta forma quebraba el tronco por la base. Sabía cómo se las gastan las escobas, con raíces, a veces de tres metros, extendidas a poca profundidad. Tirar para arriba de ellas es un suplicio que destroza los riñones.

En torno a las diez y media, descanso para comer un cacho de pan y medio seno de patatera. Para mí era una recreación verlo comer: La morcilla sobre el pan y el dedo gordo encima. Cortes lentos, con su vieja navaja de siempre, iba seccionando con tajos muy limpios la patatera, siempre añeja, del año anterior. Para "engañarla" cortaba con lentitud pequeñas rebanadas de pan del día anterior, un poco "revenío" y flexible.

Comía con mucha calma, con movimientos pausados, sin prisas "ando mu malamente de muelaje". Al terminar, un trago largo de agua de su barril resudoso y un ¡¡arrrrrrr!! final revelaba satisfacción. De todo este ritual me sorprendía que nunca sobraba ni pan ni patatera, las dos cosas cuadraban hasta el final, como si supiera previamente el tamaño que debían tener los trozos de patatera y las rebanaditas de pan. Un chorrito de agua del barril sobre su navaja valía para dejarla perfectamente limpia. El proceso terminaba con un "clak" de la hoja al encajar en la empuñadura. Vista al frente bajo la visera y a seguir en el corte. Todo con gran solemnidad y parsimonia. Cuando tío Juan hablaba lo hacía con sensatez y con mesura.

Sus sentencias, siempre bien pensadas, fluían desde la experiencia de una larga y dura vida. Él había estado en el otro extremo, en los abismos donde los hombres pierden la condición de humanos, donde el miedo, el terror y la miseria hacen aflorar esa dimensión feroz del antropoide que nos habita. Tío Juan, en la guerra, lo había visto todo. Siempre decía: "todos en la legión estábamos locos, por la noches muchos muchachos lloraban y un sargento viejo, que estaba medio tonto, se liaba a palos con ellos"

--"Fui de las quintas más viejas que movilizaron, tenía al pie de treinta y cinco años. Fíjate Dámaso, la que lían ahora porque la ETA mata a tres o cuatro guardias civiles, -pobres hombres, que no digo yo que merezcan morir unos muchachos jóvenes, ni mucho menos- Lo que te quiero decir es que en la guerra la gente moría como chinches, "enndiio", y no daba tiempo ni de enterrarlos, ni de llorarlos ¡amonomejoa! El batallón de la legión donde yo serví, para entrar en la plaza de los toros de Badajoz, tuvimos que amontonar los muertos contra la pared y subir por ellos con la bayoneta en la mano como si fuera una escalera ¡totaaa, no había muertos alliiiií!"

No olvidaré nunca este comentario de tío Juan. La intensidad de las tragedias del ser humano, lo son, según con lo que lo compares. Esta relativización de las desdichas se termina convirtiendo en una ventaja que ayuda a mitigar las tragedias y las penas por las que ha pasado la humanidad.

Tío Juan era un casareño de acero. Lo movilizaron a una guerra que no entendía y le tocó luchar en un bando que no sabía si era el suyo "Si hubiéramos caído en el bando de los rojos tendríamos que haber luchado contra los nacionales, qué más daba, pi que sabíamos aquí, nuestra preocupación era comer todos los días y sabíamos que en cualquier momento nos podían cortar el gañote"

La guerra, en sus avances por esos pueblos de la España rural, iba alojando de forma aleatoria a la población civil en cada uno de los dos bandos, no atendiendo a afinidades políticas. Así fue: el miedo y el terror obligaba a una adhesión urgente al bando que iba ganando, todo ello para salvar el pellejo, eso era lo prioritario. Nuestro pueblo cayó en el bando nacional, simplemente porque el ejército de Franco eligió estratégicamente esa ruta.

La poca gente que se atrevía a ejercer la oposición civil del Casar y que defendía el orden constituido bajo la República, quizás, convencidos de que era lo correcto, fue aniquilada sin miramiento en aquellas terribles y fratricidas "sacas" nocturnas, afortunadamente pocas en nuestro pueblo, pero no por ello menos dolorosas. Cuántas veces recordaba mi abuela Faustina a su hermanito Regino, maestro cojo (no utilizaba bastón, se apoyaba en una sillita baja) que fue víctima de esa represión. "Se lo llevaron pal Tajo, allí lo mataron y, a los pocos días, fulanito me trajo la silla que encontraron en una cuneta cerca del rio -vi que era la sillita de Pernigordo- me dijo. Días antes de que lo mataran hicimos una lumbre en el corral con los libros que tenia..." Mi madre, muy niña, recordaba que la lumbre duró todo el día, los libros ardían muy mal y mi abuela removía las cenizas apresuradamente con un palo para hacer desaparecer cualquier rastro del pensamiento de su hermano.

Lo triste de todo ese horror es que no eran ejecutados por el ejército, sino por grupos civiles paramilitares del propio pueblo o del pueblo de al lado, a veces amigos delatores. Ésta era la forma de depurar la oposición residual y desaguar el odio acumulado. Hubiera ocurrido lo mismo, pero con distintos muertos, si nuestro pueblo, en lugar de estar en Extremadura, hubiera estado en Asturias o el País Vasco, de hecho así ocurría, los republicanos depuraban a los nacionales empleando los mismo métodos en la más pura tradición cainita de los españoles ¡Qué trabajo nos ha costado estar unidos y en paz a lo largo de nuestra historia! Pero volvamos a tío Juan... Puedo asegurarles que no tenía ninguna ideología política, ni nadie de su universo más cercano, para ellos lo prioritario era la subsistencia y tener algo en el estómago todos los días. El exhibicionismo de las ideologías y sus discursos no se pueden sentir ni expresar con el estomago vacío.

Tío Juan había vivido el horror de la guerra en primera persona, viendo morir a su lado compañeros muy jóvenes. "Enndio Dámaso, eran muchachillos de 19 o 20 años, yo me quedaba sin compañeros todos los días". Para él lo único importante era vivir en paz. "La gente no sabe lo que pueden llegar a hacer los hombres en una guerra, ni se lo imaginan, enndio".

Él era simplemente un hombre bueno y muy querido por sus contemporáneos. Mi padre lo adoraba y yo lo recuerdo con mucho afecto.

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