Una adolescencia tortuosa

Una adolescencia tortuosa

  • i capítulo

  • Una historia en la que Antonio Cebrián relata una historia de amor, de su juventud, y de la que esconde el nombre de la chica, llamada XXX

Desde hace más de cuarenta años guardo como un tesoro las notas que nos intercambiamos mientras duró nuestra historia de amor. Una bella historia no exenta de episodios tristes y dramáticos, a veces, por nuestra inexperiencia y otras, por la incomprensión de nuestras familias y amigos cercanos.

--"Antonio, siento decirte que lo tuyo conmigo no puede ser. Nuestra diferencia de edad es muy grande. Me pareces muy simpático, pero eres muy pequeño, deberías conocer a niñas de tu edad"--

Esta fue la primera nota que recibí de ella, como respuesta a una que yo le había dado dos días antes en la que le decía, quizás muy torpemente, que sentía algo muy especial y que me gustaría iniciar una relación con ella. Confieso, que, al leerla, me quería morir. La vida para mí ya no tenía sentido, no concebía mi existencia sin estar a su lado. Esa nota, junto con las que siguieron -ya amarillentas- las guardo en una carpetita muy especial, son el hilo conductor de esta narración y una ayuda necesaria para contar ese duro, pero apasionante, periodo de mi adolescencia.

Yo tenía trece años y ella dieciséis. Todos los días iba a la tahona donde yo trabajaba. No sé cómo y en qué momento me empezó a gustar. Al final de cada mañana aparecía en el local y me daba un vuelco el corazón, compraba tres piezas pequeñas. Para mí ese era el momento más excitante del día. Cuando entraba en la panadería, daba los buenos días con voz muy tenue, pero elegante y sugestiva, aquello era más bien un susurro, como no queriendo llamar la atención. Yo correspondía con su misma entonación, quizás, para que viera -eso pensaba yo- que, a pesar de haber siempre cuatro o cinco personas más, ese buenos días no era una respuesta automática de esas que dan los comerciantes que diariamente reciben en su tienda a muchos clientes. Quería que se notara que estaba dirigido especialmente a ella. En cualquier caso, a esa hora de la mañana, cuando se aproximaba el momento, yo estaba en estado de shock emocional por la timidez que me atenazaba y porque no era dueño de mis palabras ni de mis reacciones.

A los dieciséis años ya era toda una mujer. A pesar de su delgadez, todos los encantos de su belleza habían brotado. Caminaba con una elegancia especial, casi no apoyaba los talones, lo que le confería una agraciada sensación de ligereza a toda su persona. Su pelo liso, de color castaño brillante, casi chocolate, siempre lucía limpio. Su ojos, de color miel, se tornaban verdosos cuando se exponían a la luz. Todo en ella era armonía y feminidad. En ocasiones, cuando se acercaba a pagarme el pan, mi nariz, atrapaba su olor como si fuera un preciado tesoro, que yo disfrutaba cerrando los ojos con discreción para que mis tíos o mi padre no me vieran. Han pasado más de cuarenta años y el tiempo no ha conseguido hacerme olvidar aquel mágico olor a ropa limpia y piel de mujer recién duchada.

Nuestra diferencia de edad parecía una barrera infranqueable, a esto había que unir la espiral paralizante en la que estaba inmerso, que consistía en un mayor bloqueo cuanto más me gustaba. Yo tenía realmente complicado el abordaje en estas circunstancias. Nuestro entorno era muy visible y muy observable, no tenía ninguna posibilidad de verla y poder hablar con ella fuera de la visita que a diario hacía a la panadería. Esperaba muy tenso el momento en el que aparecía todos los días, mi boca se secaba como un estropajo, en las venas de mi cuello se podía observar el palpito de mi corazón. Me decía a mi mismo que tenía que estar tranquilo, que, en ese estado, cualquier abordaje estaba condenado al fracaso y daría de mi una penosa imagen, sin ser capaz de hilar dos palabras seguidas. Cada día la veía más bonita y en la medida que su belleza crecía, también lo hacía mi retraimiento. Aquello era un círculo vicioso imposible de romper. Daba vueltas y vueltas para salir de esa situación que se iba convirtiendo en una obsesión paralizante. No dejaba de pensar en ella ni un momento, no era capaz de concentrarme en nada. Mi padre, que era la persona que mejor me conocía, intuía lo que me pasaba y, de vez en cuando, me preguntaba ¿Qué te pasa, en qué piensas..? Es posible que pretendiera sacarme de ese mar de confusiones en el que yo naufragaba.

Por las noches conciliaba el sueño con dificultad y, siempre, en la soledad de mi dormitorio, me inventaba historias en las que ella y yo éramos los protagonistas. Todas con final feliz. Fantaseaba con realidades inventadas en la que los diálogos, entre los dos, fluían con naturalidad. Conversaciones sobre asuntos trascendentales: referentes al amor, la existencia de Dios, el futuro de la humanidad o sobre la armonía de la naturaleza. Me sentía muy cómodo, no me quería dormir. En ese estado de ensoñación y fantasía, relataba frase a frase el guión de la gran historia de amor que me imaginaba junto a ella, no tenía dificultad con las palabras, me salían con gran fluidez, a veces declaraciones grandilocuentes, como sentencias, de las que yo mismo me sorprendía. Pareciera que otro yo, dentro de mí, fuera creando y verbalizando la novela que necesitaba vivir a su lado. Esas historias inventadas sólo cesaban cuando el sueño me vencía. En ocasiones, esa fabulación que construía despierto, proseguía estando profundamente dormido. Llegué a conducir en sueños las tramas de mis historias, no permitiendo que, ese azar que crea los sueños en las oscuras cavilaciones del descanso profundo, condujera mis historias por caminos no coincidentes con mis objetivos finales.

En el fondo todo este proceso era una especie de aprendizaje que me preparaba para lanzarme, para atreverme y decirle a XXX cuales eran mis sentimientos y expresarlos de la mejor manera posible. Era tal la preparación a la que me sometí, que ensayaba frases larguísimas para cuando surgiera la ocasión y que ahora pueden resultar trasnochadas y cursis: "Lo que siento por ti cuesta trabajo expresarlo con palabras, es necesario recurrir a momentos mágicos en los que el hombre es atrapado por bellas emociones; una puesta de Sol, una lluvia suave en la cara, un paseo en otoño entre encinas, el canto de las aves que te recuerdan el cambio de las estaciones....". Cosas de este tipo, bobadas varias, pero muy sentidas.

Sentí la necesidad de enriquecer mi vocabulario y buscaba adjetivos que elevaran mi nivel cultural de forma inmediata. La clave estaba en una buena colección de adjetivos y saberlos ubicar con precisión en cada frase. El adjetivo es una herramienta muy potente en el leguaje verbal o escrito. Si conseguía veinte o treinta buenos adjetivos estaba salvado... pensaba yo. También entrenaba la forma de encajarlos en cada frase. Por muy rebuscados que fueran, había que soltarlos con un cierto desdén, casi con desgana, pero con elegancia, como si tuviera el hábito de utilizarlos con frecuencia, no debían parecer recién aprendidos.

Me gustaba escuchar a Gonzalín, una persona muy singular de mi pueblo que había estudiado Filosofía y Letras y que, cuando todavía estaba lúcido, era muy buen adjetivero: "La calvicie y la cerradéz de barba son características inherentes al género masculino" Esta frase suya, la soltó en el bar Casa Fernando, después Majuca, y yo, que pasaba por allí, la cacé al vuelo. La frase contenía un adjetivo muy raro, pero muy bonito: "Inherentes" y además, con hache intercalada ¡qué rareza! Esto no podía ser utilizado en cualquier sitio, me dije. Bien me vendrá para un día que vaya a Cáceres.., porque no era cuestión de soltar esa bella palabra en el pueblo y echarla a perder para siempre. Los lugares y las personas que yo frecuentaba, como la fragua de Gregorio Iñare o la vieja báscula de pesaje con mis amigos de aquella época, no eran los lugares más idóneos para soltar este tipo de adjetivos.

Por edad y madurez, XXX tenía mayor formación que yo, por tanto, tenía que darme prisa para llegar a su altura.

Así fueron pasando los días, las semanas, los meses en una desolación exenta de esperanzas. Alguna vez, a la hora de darle las tres piezas de pan, me miraba y me sonreía. Yo, después de esa sonrisa, me sentía muy feliz, pero entraba en especulaciones tormentosas sobre el sentido de la sonrisa ¿Sería un acto de mera cortesía? o ¿Un mensaje subliminal, que yo debía interpretar? Tanto tiempo pensando me producía una gran fatiga mental y un poso de tristeza por no conseguir llegar a ninguna conclusión.

Esta especie de tortura a la que yo mismo me sometía, me condujo a explorar soluciones que me sacara de aquel bucle interminable. Decidí escribir una nota e introducírsela en la bolsa del pan. Fue una decisión muy meditada. Esta fórmula eficaz, pero poco valiente, me evitaba el mal trago de dirigirme a ella verbalmente, pues no tenía ninguna posibilidad de abordarla, salvo que me hiciera el encontradizo en la calle, y eso era muy violento. La otra ventaja era, que me permitía elaborar con más tiempo mis frases y a ella le evitaba el rubor que, sin duda, le producirían mis palabras en directo y en lugar inadecuado, provocando, probablemente, una reacción espontánea y poco deseada, soliviantada por mi atrevimiento.

Decidí ponerme manos a la obra y escribirle mi primera nota, que decía:

"XXX, seguramente no habrás notado nada, pero hace bastante tiempo que me gustas mucho y no sé cómo decírtelo. Sé que soy muy pequeño para ti, pero eso para mí no es un problema. Cuando las personas se hacen mayores, esa diferencia de edad no se nota. Si tú sientes algo por mí, yo puedo esperar hasta hacerme un poco más mayor. Espero que esto no te haya molestado"

Pasaron tres días sin ninguna reacción por su parte. Ella iba, como de costumbre, a comprar el pan con total normalidad. Mi cabeza me crujía por el suplicio que suponía esa incertidumbre. Pensé de todo: ¿habrá sacado el pan de la bolsa y el papel se habrá caído al suelo? ¿Se habrá quedado en el fondo de la bolsa? ¿Le pareceré tan crío que no se habrá dado por aludida? ¿Se habrá indignado por mi osadía?

Todo quedó bastante despejado el cuarto día cuando...

De esta forma que les voy contando se iniciaba un capítulo imprevisible de mi vida y que yo jamás podía imaginar...

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