Una adolescencia tortuosa: Nuestro primer beso
/ Antonio, en el Arco La Estrella en Cáceres. CEDIDA

Una adolescencia tortuosa: Nuestro primer beso

  • IV CAPÍTULO

  • No dejaba de asomarme a la subida del Arco de la Estrella a ver si llegaba

Como comentaba en el capítulo anterior, la necesaria colaboración de primo Luis fue providencial. Sin su complicidad nuestra relación se hubiera ido a pique.

Para establecer nuestra primera cita en Cáceres llamé a XXX unos días antes y fijamos el lugar y la hora de nuestro encuentro, siempre condicionado a la disponibilidad de mi primo.

Recuerdo que era a finales de Octubre del 69 y fijamos la cita para un jueves a las 20.00h. en el Arco de la Estrella, no muy lejos de la casa de su tía. Luis me dejaba en la calle San Pedro de Alcántara, algo alejado del lugar de la cita, sin embargo la distancia no era un problema. Podía hacer ese recorrido en poco más de cinco minutos corriendo.

Llegado el día, fui a buscar a Luis a su casa para emprender el viaje a Cáceres. La fatalidad parece que se cebaba conmigo y mis propósitos. Al verme, mi primo me dijo ¿tú crees que con la que está cayendo voy a ir yo al cine? Yo, con la voz entrecortada, sólo le dije: Luis, por favor.... Qué cara no me vería, que el hombre, muy a pesar suyo, se puso una cazadora y nos sentamos en su Renault 6 en dirección a la ciudad. El viento racheado zarandeaba el coche en la vieja carretera que une el Casar con Cáceres.

Nada más bajarme del R-6 emprendí una veloz carrera hacia el Arco de la Estrella para encontrarme con mi amor. Las calles estaban solitarias, llovía a mares y el viento silbaba por las esquinas, pero yo corría como un poseso a pesar de estar absolutamente empapado. Llegué antes que ella y me resguardé de la lluvia en la entrada del Mesón de Andrés (así se llamaba ¡Ay qué recuerdos!). La vieja puerta de madera dejaba oír la bella canción de Serrat "Poema de Amor", recién lanzada en su álbum La Paloma:

"Mi fruto mi flor, mi historia de amor, mis caricias. Mi humilde candil, mi lluvia de abril, mi avaricia..."

No dejaba de asomarme a la subida del Arco de la Estrella a ver si llegaba.

A los pocos minutos la vi aparecer con los brazos en alto cubriendo la cabeza con su chubasquero verde. Toda empapada. Traía su vaquero acampanado chorreando agua. Aquel pantalón de talle alto, a la moda de entonces, marcaba la perfección de sus caderas. Una rebequita corta hasta la cintura con botones pequeños y muy juntos. Debajo, una camisa rosa con los picos del cuello muy grandes. Su larga melena mojada cubría parcialmente aquella cara emocionada al verme. Se quedó quieta un momento, como para fijar la imagen y tomar aire del carrerón que se acaba de dar. Su respiración jadeante y sus enormes ojos abiertos de asombro cerraban aquella estampa inolvidable. Me fui corriendo hacia ella y, en un acto instintivo, nos fundimos en un abrazo intenso y cálido, mientras, en la máquina de discos del Mesón, sonaba el Sorbito de Champagne de Los Brincos... Nunca te podré olvidar, porque me enseñaste a amar...

A pesar de la lluvia y el viento nuestros cuerpos desprendían el calor excitante de dos adolescentes encendidos. Ella, para resguardarme de la lluvia, al abrazarme, envolvió mis hombros con su chubasquero. Así estuvimos un largo rato, sin separarnos, temblando, sin saber qué decirnos, sintiendo el latido desbocado de nuestro pecho. Nuestros cuerpos trémulos bajo la lluvia explicaban mejor que las palabras todo lo que pasaba por nuestras cabezas y, sobre todo, por nuestros corazones. XXX no paraba de temblar. Jamás olvidaré el olor que emergía de su cuerpo a través del cuello de su camisa.

Pasados esos primeros momentos, XXX deslizó lentamente sus labios sobre mi cara hasta encontrar los míos. Para los dos se trataba de nuestro primer beso y realmente no sabíamos cómo resolver aquello. No teníamos ninguna referencia. En el cine, en nuestro pueblo, las escenas de besos se censuraban. La única imagen que yo guardaba era la de algunos novios, a los que, dos o tres amigos, espiábamos para ver como se besaban. No tenía más información.

Nuestros primeros besos consistían en unir fuertemente los labios hasta hacernos sangre en las encías. Algo parecido a los besos de Clark Gable y Vivian Leigh en Lo que el viento se llevó, que más que besos eran intentos de asesinatos por asfixia.

XXX, era un ser especial, le gustaba respirarme, me decía. Como pretendiendo hacer un viaje al interior de mi cuerpo.

El tiempo volaba, se nos iba de las manos. En esa primera cita hablamos muy poco. La emoción devoró nuestras palabras. Sí quedó, implícitamente claro, que entre nosotros habría más besos y más abrazos. A las 22.00h. salí disparado, cual Cenicienta, calle Pintores arriba a encontrarme con primo Luis en la puerta del cine Astoria.

Ya en el coche, más tranquilo, Luis me preguntó qué tal había ido, a lo que respondí, conteniendo la alegría, que estaba muy enamorado y que ella sentía lo mismo por mí y que lo que estábamos viviendo era realmente mágico. Le agradecí que todo eso fuera posible gracias a él... Vinimos escuchando a The Boxer, una bella y triste canción de Simón y Garfunkel ¡Emocionante momento!

Así fueron transcurriendo los meses de otoño e invierno mientras XXX preparaba su sexto de bachiller, siempre con buenas notas, como era habitual en ella. Yo no sé cuando estaba más bonita, si en invierno o en verano. En invierno con el frío y abrigada estaba preciosa.

Pasado algún tiempo, Andrés, el del mesón, a pesar de nuestra edad, nos permitía entrar en su establecimiento. Allí hablábamos de lo divino y de lo humano, nos tomábamos un café y escuchábamos la música que los mayores seleccionaban en aquella máquina en las que unos hierritos hidráulicos levantaban el vinilo seleccionado: The Beatles, Elvis Presley, Aphrodite's Child con Demis Roussos al frente y, cómo no, mi venerado Serrat. Esto era lo que sonaba con intensidad en aquella época. Otra canción -prohibida- que se ponía mucho era "Je t'aime" con aquellos susurros en francés tan sugerentes de Jane Birkin.

Después de aquel encuentro mi moral se subió por las nubes. Me sentía el hombre más feliz de la tierra. En el fondo estaba convencido que, una joven tan bella y tan inteligente, no podría ser para mí. Fue, una vez más, la fuerza del amor la que rompió el pronóstico más plausible.

En diciembre, antes de vacaciones de Navidad, el me propuso algo que no me esperaba y que deseaba con todas mis fuerzas. La propuesta era vernos en casa de su tía a solas, porque toda la familia iba a pasar las vacaciones de Navidad al pueblo de su tío en el norte de la provincia. Ella conservaba la llave del piso. A mí me pareció una idea estupenda y excitante.

Aunque XXX y yo habíamos avanzado en nuestra relación íntima, nuestra rutina consistía en estar en el Mesón de Andrés una hora charlando y tomando algo. Después caminábamos en dirección a su casa cruzando por la parte antigua de la ciudad, que, con su escasa iluminación, ocultaba nuestros innumerables arrumacos. En poco tiempo superamos la torpeza de nuestras primeras caricias y pasamos a saborear apasionadamente unos besos largos y jugosos que nos provocaban un incontenible estado de excitación. Así pues, la idea de vernos a solas en un piso nos encantó a los dos.

El único problema que teníamos era nuestra asumida educación católica y que nos generaba una especie de esquizofrenia entre nuestro deseo natural y el pecado en el que íbamos desembocando. El debate interior que padecíamos era un martirio. Todo lo que hacíamos estaba mal: besarnos de aquella manera era pecado, tocarnos, donde nos tocábamos, era pecado, y no sólo hacerlo, sino desearlo. Era terrible aquella educación contra natura que emanaba de un catolicismo rancio y manipulador. Los sermones en misa de doce en mi pueblo, no dejaban duda. El caballo de batalla consistía en atacar todos los deseos naturales de dos adolescentes profundamente enamorados. Que si la pasión, que si el desenfreno, que si vivir en el santo temor de Dios. Aquello no había ni por donde cogerlo. Todo lo que hacíamos era pecado, no había solución. Pensé hacerme ateo o tal vez agnóstico, que era como más suave. Pero ¿qué pasaba después con la vida eterna y las calderas de Pedro Botero? Tan enamorado estaba que llegué a la conclusión que XXX bien merecía el precio del fuego eterno.

Ese mismo día aprovechó para decirme por qué sus padres desaprobaban nuestra relación. Yo creía que era por la diferencia de edad y porque yo sería toda la vida un simple panadero, ella me negó tal cosa. El problema era más complejo. Su madre no quería oír hablar en su casa de un Chirivique -apodo de mi familia- ¡¡con haber conocido a uno en su juventud tenía bastante!! Esto se lo dijo su madre en un enfado monumental cuando Máxima La Blanquilla le contó nuestra relación.

Meses más tarde, mi padre que, a pesar de su rectitud, sabía por lo que estaba pasando y era mi mejor amigo, me contó la historia, bien es cierto que un poco edulcorada, de mi tío Teodoro con la madre de XXX.

Parece ser que mi tío -un seductor profesional- mantuvo, en su juventud, una breve relación con esta señora de la que "quedó muy pillada", dirían los más jóvenes. Los conocedores de la historia apuntaban que, más que pillada, quedó destrozada. Y a partir de ese momento, para esta señora, todos los Chiriviques quedamos condenados a purgar eternamente las aventuras de tío Teodoro.

Sinceramente, aquello me sentó fatal. No le dije nada a XXX, pero me parecía muy injusta aquella inculpación. Siempre me sentí muy orgulloso de mi familia, de las dos; tanto de Los Pollos como de mis queridos Chiriviques. Quizás por ello, nunca soporté a esos triunfadores que, saliendo de familias humildes, tratan de esconderla por miedo a perder el glamour y el éxito que, su suerte y, alguna vez, su talento, les permitió alcanzar. Dejando meridianamente claro que tan sólo fue la suerte la que les encumbró.

A tío Teodoro yo le tenía un cariño muy especial. No he conocido a nadie con tanta gracia y con tanto talento para hacer feliz a cualquier persona que se le acercara. Siempre me pareció único e irrepetible. Tenía sus defectos, como es natural. Pero a su lado no había penas. Mi abuelo Santiago decía, que no había conocido a nadie con "tan buena mano para las mozas" como él.

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