Domi y Loli en el mostrador de su tienda de la calle Larga.
Domi y Loli en el mostrador de su tienda de la calle Larga. / L.C.G.

"Llevamos en el negocio de nuestros padres toda la vida"

  • Loli y Domi Mendo regentan este establecimiento desde hace ocho años

Loli y Domi Mendo llevan toda la vida en el negocio familiar que fundaron sus padres. ‘El Barato’, el apodo de su progenitor, es el establecimiento de ultramarinos más antiguo que se mantiene en la localidad. Ambas estudiaron Magisterio, pero el destino les llevó hasta el mostrador de una tienda que perdura pese a las dificultades de hoy día.

- ¿Cuándo se fundó esta tienda?

La fundaron mis padres cuando se casaron, en 1951. Nuestro padre ya trabajaba en la venta desde muy joven. Vendía cacahuetes en los bailes y a las parejas de novios que se sentaban en los bancos del Paseo de Extremadura. Era el mediano de tres hermanos huérfanos y le dieron a los 21 años la mayoría de edad, que antes era a los 25 años, para hacerse cargo de sus hermanos hasta que se casaran. Los tres hermanos se dedicaban a la venta, mi padre con nuestros tíos Clotilde y Aniceto. Luego se casó ella y continuó mi tío. Antes el establecimiento estaba en el número 37 de la calle Larga, un poco más abajo de donde estamos ahora.

- Y lo de ‘El Barato’ ¿cómo surge?

Nuestro padre cuando iba vendiendo por las calles con su burro y tres cajones, uno encima y dos en los laterales, iba diciendo ‘arroz barato, bacalao barato’, y ya se quedó con ese apodo.

- Pese a tener el establecimiento, ¿se vendía por la calle?

Sí, era lo habitual, en aquella época se vendía mucho. Nuestro padre llevaba un poco de todo, pero si por ejemplo alguien le pedía cinco kilos de patatas y no las tenía, éramos nosotras las que luego se las llevábamos a casa al cliente.

- Lleváis en el negocio toda la vida, ¿tuvisteis tiempo para estudiar?

Estudiamos Magisterio, pero no hicimos oposiciones y no tuvimos una plaza nunca. Dábamos clases particulares en el pueblo cuando terminamos la carrera, y después nos quedamos en la tienda. Nuestro padre se jubiló a los 65 años y justo después enfermó, y nos quedamos las dos con el negocio que desde hace ocho años está puesto a nuestro nombre. Desde niñas hemos estudiado y trabajado al mismo tiempo. Después de una noche de fiesta del Ramo nuestro padre nos mandaba a repartir a las casas. Cuando éramos niñas y nos tocaba descargar los cajones del burro para que descansara, había veces que nos quedábamos dormidas dentro de esos cajones. Y si teníamos exámenes íbamos haciendo los repartos con el carro y llevábamos los apuntes para ir repasando.

- ¿Cómo veis la situación del comercio de antes a la de ahora?

Hoy día es muy difícil mantener un negocio como éste porque competimos con las grandes superficies. Todo ha cambiado mucho, ya no es ganar, sino sobrevivir. Nuestro padre tenía a nuestra madre y a sus cuatro hijas ayudándole en el comercio, no se pagaba seguridad social ni tantos impuestos como ahora. Se pasaba aquí muchas horas al día, hasta la medianoche porque venían los hombres del campo con alguna moneda y las mujeres aprovechaban a cualquier hora para venir a comprar lo que necesitaban. Antes se compraba en el día a día, la gente no pensaban qué iban a hacer mañana, sino hoy. Venían un día a por arroz, y al siguiente a por garbanzos. Hoy día los jóvenes llenan los carros para mucho más tiempo en los grandes almacenes. Nuestro padre quiso construir un gran supermercado en la zona de la Portá Blanca para dejárnoslo a nosotras, era su ilusión pero nunca pudo, y aún esa zona no está liberada para poder construir. Y aquí nos quedamos, aunque con el paso de los años nos hemos modernizado. En este establecimiento encuentras las bragas de la época de Franco, pero también vendemos tangas. Pero por nuestro tipo de clientela es verdad que vendemos antes 50 bragas a un tanga. Seguimos vendiendo el chocolate ‘Kitin’ de toda la vida que antes costaba 75 pesetas y ahora 1,75 euros. También vendemos la brocha y el jabón de afeitar que se ha usado toda la vida, o la aguja para coser los costales en las matanzas.

- ¿Y nunca han pensado cambiar el negocio de lugar?

A estas alturas ya no. Tenemos todo hecho, y cuando llegue el momento será para jubilarnos. Nos coge en una edad que no estamos pensando en cambiar.

- Eso tiene su lado bueno, y es que mantienen su clientela de toda la vida…

Sí, pero hemos visto envejecer a un barrio. Nuestros clientes son personas muy mayores que vienen a la tienda y buscan cariño, que les demos conversación. Hay mucha gente que necesita que les escuchemos. Hay mayores que ya no salen a la compra, se la hacen sus hijos en otros grandes almacenes. Esto no ya es como antes, este tipo de tiendas ha quedado prácticamente en el olvido.

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