Una adolescencia tortuosa: Una fría tarde en el tejado

Una adolescencia tortuosa: Una fría tarde en el tejado

  • V CAPÍTULO

  • Iba a ser la primera vez que estaríamos completamente a solas y con calma en un sitio que no fuera la calle

Mientras nuestra relación seguía viento en popa, llegaron las Navidades del 69. A pesar de la prohibición de su madre, XXX conseguía, bajo cualquier excusa, verme todos los días en el pueblo durante esas vacaciones. Uno de ellos, concertamos vernos en Cáceres en el piso de su tía, que se había ido a pasar la Navidad al pueblo de su marido.

Bajo el pretexto, ante su madre, de ir a buscar unos apuntes, fijamos la cita para primeros de enero. Por mi parte utilicé la coartada de ir a almorzar con José Antonio Galán a casa de su tía en la capital.

Todo estaba listo, ambos ansiábamos la llegada de ese día. Ella tenía vacaciones hasta después de Reyes. Iba a ser la primera vez que estaríamos completamente a solas y con calma en un sitio que no fuera la calle.

Como habíamos convenido, yo esperaría en la calle a que ella apareciera en alguna ventana del tercer y último piso. En torno a las 13.30 horas se asomó al balcón y me lanzó una sonrisa tranquilizadora. Yo esperaba temblando a que me abriera. La casa no tenía ascensor. Temíamos que nos viera algún vecino subiendo juntos la escalera así que yo me adelanté. Una vez en el rellano del tercero, sacó el llavero y comprobé que ella también temblaba como un flan. No acertaba a introducir la llave en la cerradura. Me miró y nos reímos con la cara desencajada por los nervios. Una vez dentro intentamos tranquilizarnos con frases de puro trámite sin mucho sentido

--¿Hace mucho tiempo que tu tía tiene este piso?

--Sí, hace años, cuando se casó.

--Es muy bonito.

--Sí, pero hace mucho frío.

--Bueno, es que hoy hace un frío horrible en todo sitio.

En medio del pasillo XXX me cogió de la mano para enseñarme las estancias. Aquello, más que un encuentro de romántico, parecía una visita guiada, como cuando, la comercial de una agencia inmobiliaria, vende o alquila el piso: “Aquí está la cocina, aquí el cuarto de mis tíos y este es el de mi primo”. Yo, sinceramente, no me estaba enterando de nada, simplemente asentía con frases muy cortas. “¡Ah! pues está muy bien” y cosas así. Ya, al final del recorrido, llegamos a su cuarto. Era muy pequeño, con la cama pegada a uno de sus muros, un pequeño armario ropero antiguo y una mesa donde ella estudiaba, completaban el escueto mobiliario. Frente a la cama, estaba la salida a una pequeña terraza que daba a las traseras del edificio, donde confluían los tejados y los ventanucos de otros inmuebles. Las vistas no eran especialmente bonitas, pero su cuarto era muy acogedor.

Pasado un buen rato, cansados de soltar frases insulsas, XXX me miró fijamente y se acercó tocando un botón de mi trenca, mientras yo era incapaz de detener mi temblona. “¿Qué te pasa? Pues no sé, que estoy un poco nervioso.” En ese momento me pasó sus brazos por la cintura y me besó con mucha suavidad en los labios. En mitad del beso conseguí reaccionar y, sujetando su cabeza con mis manos, correspondí de forma apasionada al tiempo que nos quitábamos la ropa de forma violenta sin respetar los botones. No es necesario describir lo que pasó las dos o tres horas siguientes...

Quizás sólo un recuerdo que el paso de los años no consigue eliminar de mi cerebro. En un pequeño receso de nuestra furiosa batalla, XXX se levantó al baño dando saltitos de frío. Juro por mi memoria que jamás he visto nada tan bello alejarse de puntillas. Aquella estampa desnuda de un ser tan perfecto me dejó conmocionado de por vida. Si deslumbrante fue la ida, más impactante fue la vuelta. Entró en la habitación con sus cabellos revueltos, caídos sobre los hombros, su sonrisa achinada cargada de picardía, sus pechos enhiestos de frío y la cimbra de sus caderas, me dejaron como inhabilitado, paralizado (“Alelao", se diría en mi pueblo). Como, si mi capacidad de digerir tanta belleza, estuviera agotada. Después, de mayor, leería que esto mismo le pasó a un joven escritor francés visitando la ciudad de Florencia. Le dio un vahído. El médico le recomendó no contemplar tanta belleza en tan poco tiempo.

Le abrí la cama para que entrara, y muerta de frío, nos abrazamos cubiertos por no sé cuantas mantas. Del calor producido por nuestros cuerpos emanaba un vaho latente que al respirarlo sentía la sensación de ser trasladado a mis instintos más básicos. En esa cavilación me quedé dormido en sus brazos, besándola, oliéndola... Para mi aquello era un sentimiento nuevo, una sensación que no había tenido antes. Todos mis pensamientos hasta entonces eran muy decorosos. Pero lo que sentí en aquellos momentos fue distinto. Era algo más instintivo, menos racional. Tan enamorado estaba que, ni por un momento dude de la calidad, casi espiritual, de mi sentimiento. Algo crujió en mi cabeza que sólo años más tarde conseguí poner en orden, pero que será objeto de otro capítulo.

Pasados unos minutos instalado en un duermevela, XXX me despertó bruscamente.

--¿Qué pasa?, pregunté.

--¡Está sonando la cerradura!

Ella había dejado puesta la llave por dentro, lo que impedía que alguien pudiera entrar.

--¡Ay Dios mío, vístete y sal a la terraza! ¿Quién es?

--Soy fulano, tu primo, es que no me entra la llave.

--Voy, ahora te abro. Es que he venido a por unos apuntes y estoy haciendo tiempo para coger el coche de línea.

No había terminado de decir eso, y ya había salido yo a la terraza en calzoncillos, con la ropa en una mano y las botas en la otra. Dentro dejé la trenca y un calcetín.

La terraza era tan pequeña que allí no me podía quedar. Me podían ver desde la habitación. De un salto limpio me subí al tejado (increíble agilidad la de un muchacho de quince años y cincuenta kilos escasos) y detrás de una chimenea me puse la ropa. Hacía un frío polar y las tejas resbalaban. Aguanté sin ponerme las botas por no destrozar muchas tejas. Tenía mucha experiencia en correr por los tejados de mi pueblo cuando robaba palomas -el pie siempre en la canal, nunca en la cobija y siempre descalzo-

Esperé detrás de la chimenea más de una hora, pero XXX no salía a la terraza, no sabía qué suerte habría corrido.

Aquello no tenía buena pinta. Estaba muy preocupado por ella. Yo ya estaba congelado y comencé a estudiar la forma de bajar del tejado a la calle sin ayuda de nadie. Si bien el frío me estaba matando, también me ayudaba, porque todo el mundo estaba recogido. Conseguí saltar a otra terraza más baja, descolgándome por una antena cogida con palomillas a una pared. Pero me quedaba otro piso para llegar a la calle de atrás.

Ya estaba anocheciendo y vi que el sumidero de esa terraza conectaba con un canalón que caía a la calle. Jugándome la vida, conseguí abrazarme al canalón y, muy despacio, me fui resbalando por el tubo que estaba oxidado y en muy malas condiciones. Cuando faltaban unos tres o cuatro metros, una de las abrazaderas se soltó y un gran tramo del canalón cayó al suelo y yo con él. Afortunadamente caí de pie, pero, al no llevar las botas -las tiré antes a la calle- me hice un corte muy feo. No puedo desvelar quién fue el buen samaritano que me llevó al pueblo desde la plaza de los toros de Cáceres.

Por la tensión soportada, llegué agotado a casa, me vendé el pie con una gasa y me fui a la cama. No dejaba de pensar en la suerte de XXX.

A pesar de mi agotamiento, no conseguía dormirme. Repasé minuto a minuto las horas pasadas con ella, sus risas, sus bromas. Sus coloretes por la excitación, el olor de su cuerpo en la placidez del descanso obligado. Sus movimientos involuntarios de extremidades cuando se inicia el sueño. Sus pies de puntilla por la habitación... Aquello era una locura. Una bendita locura.

Al día siguiente, la amiga de XXX se presentó en la panadería. Compró un bollo y me dio un papelito que decía:

--"Hola cariño, tengo tu trenca y tu calcetín. Ya me contarás cómo saliste de allí. Yo no tuve problemas, era mi primo a por ropa. Me dio un susto de muerte. No te pude decir nada porque se quedó a dormir".

Tres días después, mi madre me dijo que mi padre quería hablar conmigo, que estaba muy disgustado y que cuando viniera de sus obligaciones hablaríamos los tres.

Yo le saqué a mi madre de qué se trataba.

--Hijo, no puedes seguir así. No queremos que te quedes de panadero toda la vida. Has sacado el bachiller sin mirar un libro, tu padre no se lo explica. Quiere que dejes la tahona -meteremos allí a un hombre a sustituirte- y dedicarte a estudiar. Ahora encima te metes en una relación con una muchacha mucho mayor que tú, que te tiene descentraíto y que algún día te va a dejar por un muchacho mayor. Además, sabemos que esa familia no nos puede ni ver.

Mi padre, sabiendo de mi rebeldía y mi posible rebote, me expuso, el consabido discurso de un buen padre, con tacto y mucha inteligencia. Que si no podía desaprovechar el talento que tenía. Que si él envidiaba mis capacidades -nunca llegué al talento y la inteligencia de mi padre- y que si él hubiera contado con esas posibilidades no las hubiera desaprovechado.

Me insinuó con mucho juicio que, aceptando mi relación con aquella muchacha, aquello, sospechaba, no iba a terminar bien y que estaba desaprovechando un tiempo valiosísimo para mi formación, él quería para mí, mejor vida de la que él había tenido. Nada original, las cosas de todos los padres...

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