Antonio, junto a sus nietas mellizas jugando con las hormigas. CEDIDA
Antonio, junto a sus nietas mellizas jugando con las hormigas. CEDIDA

¡Madre, las hormigas hablan!

    Corrí desde el corral hasta la cocina y, en un estado de exaltación,

    como si hubiera hecho un gran descubrimiento, exclamé: ¡Madre, las

    hormigas hablan! Ella me miró sorprendida sin saber bien qué decir.

    --¿Pero qué cosas hablan?

    --Bueno, no lo sé.., pero estoy seguro que hablan entre ellas.

    --No digas tonterías ni ‘payasás’, hijo mío. Que no te oiga nadie decir

    esas bobás por ahí, que van a pensar que estás tontino.

    --Te lo juro madre. Si quieres te lo demuestro ahora mismo.

    --¡Si hombre! ¡En eso estaba yo pensando ahora mismo! En ponerme a

    ver como hablan las hormigas, con todo lo que yo tengo que hacer.

    Mi madre no dejó que se lo explicara. Sería a principios de los sesenta.

    No tendría yo más de seis o siete años y mi pasión por estos animalitos

    era obsesiva. Pasaba las horas tumbado boca abajo, en el corral de mi

    casa, observando a las laboriosas hormigas llevar alimentos hacia su

    hormiguero. Esparcía miguitas de pan por el suelo que ellas arrastraban

    con una fuerza increíble (son capaces de desplazar unas veinte veces su

    peso). Eso sí, marcha atrás.

    Se trataba de esas hormiguitas de color miel, que resultan tan molestas

    en las cocinas de los hogares. Me maravillaba la organización y la

    disciplina con la que se dedicaba a su tarea sin descanso. Todas en fila

    acarreando comida y respetando alguna orden que les daban los jefes

    (pensaba yo).

    --Madre, cuando tengas tiempo, te demuestro que las hormigas hablan.

    --Bueno, mañana o pasado…

    Un día le oí a madre decir a mi padre, lo de mi obsesión con estos

    maravillosos insectos.

    --Dámaso, tú no sabes la obsesión que tiene este niño con las hormigas.

    Se tira las horas muertas en el corral mirándolas. No sé qué les verá.

    Deberías de hablar con él, porque no hace otra cosa. Viene de la escuela

    y se va de cabeza al corral, se tira boca abajo y hasta que no lo llamo

    tres o cuatro veces, no lo deja.

    --Bueno, no te preocupes, son cosas de crío. Hablaré con él.

    Yo seguía con mis observaciones/entretenimiento favorito. Un día vi

    que una tiraba de una mosca muerta. Iba la pobre tirando marcha atrás

    y, para impedir que se la llevara, le sujeté la mosca con un palillo. La

    pobre tiraba con todas sus fuerzas, moviendo sus dos leves antenitas.

    En un momento dado, abandonó la batalla y salió disparada en

    dirección al hormiguero, que no estaba cerca. En el camino se

    encontraba con otras hormigas, unían las antenas y la nueva se dirigía

    hacia la mosca siguiendo la misma ruta por la que había transitado la

    primera, llegando certeramente al lugar donde yo sujetaba a la mosca

    con el palillo.

    Esa unión de antenas se repetía con todas las que se iba

    encontrando y todas, bajo la misma orden, seguía precipitadamente la

    ruta en dirección a la mosca. Así todo el rato hasta que llegaba al

    hormiguero y a los pocos segundos salía un ejército en formación en

    dirección a la presa, respetando rigurosamente la ruta de la primera .

    Al ver esto ¿Qué podía pensar un niño de siete años? Estaba clarísimo;

    las hormigas hablan.

    Así estuve varios meses. A veces ponía una mosca delante de la que estaba más alejada del hormiguero e invariablemente se repetía el mismo ritual; al no poder con ella, se dirigía al hormiguero velozmente y de nuevo salía un ejército en dirección a la mosca, pero curiosamente pasando por donde la "descubridora" pasó .

    Yo, sencillamente había asumido, que las hormigas tenían una

    comunicación verbal. En ese leve contacto de antenas la una le decía a

    la otra dónde se encontraba la presa. La cabeza calenturienta y

    soñadora de un niño curioso no daba para más.

    Un día, en el que volvía a repetir el mismo experimento, esperé que la

    hormiga exploradora fuera a buscar ayuda al hormiguero, y en ese

    momento froté con un trapo el trayecto por donde había pasado

    ¡¡Sorpresa!! El ejército que salió a por la presa siguiendo las

    indicaciones de la avisadora, al llegar a la zona frotada, se

    descontrolaba y no conseguían llegar a la mosca, se producía un gran

    desconcierto y volvían al hormiguero sin atinar con el lugar donde

    estaba la presa. Me di cuenta que aquí fallaba mi teoría, las hormigas

    hablan, pero no como yo pensaba. Repetí varias veces el mismo

    proceso y efectivamente, no conseguían dar con la presa.

    Decidí observar con más profundidad lo que podía estar pasando.

    Entonces cogí una pequeña lupa que me había dado Don Paco, un

    médico vecino de la calle Parra, y me puse a observar minuciosamente

    la ruta intentando ver algún rastro. Allí no había nada, yo al menos no

    lo veía. Sin embargo, llegué al convencimiento de que el lenguaje de las

    hormigas era olfativo. Para convencerme hice otros experimentos. Uno

    de ellos era dar con un palito un empujón a alguna de ellas. Salía

    disparada, con la tenaza abierta y la cabeza muy levantada y, a todas

    las que se encontraba, le transmitía la misma excitación. De tal forma

    que, en torno al hormiguero, se organizaba un gran tumulto. La

    hormiga a la que di el empujón inicial conseguía alertar a toda la

    colonia de un peligro.

    Todas se contaminaban, sin que la primera enfrentara necesariamente su cabeza con cada una de ellas. Cualquiera, previamente excitada, servía para transmitir la alerta. Aquello me hizo pensar que podían comunicar otro tipo de información, no sólo la relacionada con la comida.

    Hice otra cosa por cerciorarme de esas primeras conclusiones a las que

    llegué. Un día transporté una hormiga de otro hormiguero que tenía en

    la azotea al del corral (esto lo hacía con mucho cuidado haciéndola

    subir a un palito). La solté en la entrada del hormiguero que no era el

    suyo y rápidamente fue atacada y muerta. Descubrieron rápidamente la

    intrusa. Estaba claro que debía oler diferente.

    Muchos años después me emocioné y lloré recordando al niño que fui al

    leer un libro "Las Hormigas" de Edward Osborne Wilson (La persona que

    más sabe de hormigas del mundo). Conocido como el "Señor de las

    Hormigas" y por ser un prestigioso catedrático emérito de Harward y

    fundador de la Sociobiología, que investiga las bases biológicas del

    comportamiento humano . Ya no le caben los premios en las vitrinas de

    su casa. Uno de ellos es el de la Fundación de mi banco BBVA. En

    aquella ocasión dijo algo que todas las personas debiéramos tener

    presente "Cada especie es una obra maestra".

    En su libro "Las Hormigas" explica y desentraña el "lenguaje químico" mediante el cual estos insectos construyen sus rutas y se comunican. Demostró que todo ese extenso lenguaje es fruto de la acción de las feromonas

    capaces de producir señales químicas fielmente interpretables por toda

    la colonia. Estoy seguro que él también se emocionaría al descubrir que las

    hormigas "hablaban".

    Una pena Edward, que no nacieras en Casar de Cáceres, hubiéramos

    sido amigos y hubieras visto cómo conseguí el milagro de introducir en

    el corral de mi casa una colonia de hormigas negras (de las que

    transportaban granos de cereales en el campo). Posiblemente en otra

    vida seremos colegas y nos unirá esa pasión que has conseguido elevar

    a la categoría de disciplina, estudiada en la universidades más

    prestigiosas del mundo.

    Yo ahora, Edward, intento transmitir a mis dos nietas la pasión por las hormigas. Más adelante les hablaré de las encinas, de los olivos y los alcornoques y cuando sean más mayores les contaré historias de mis aventuras en el campo y del arte de la cetrería y del hechizo que producen en mí las rapaces.

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