La señora Nicolasa vivía en el número 67 de la calle Larga.
La señora Nicolasa vivía en el número 67 de la calle Larga. / L.C.G.

Una adolescencia tortuosa: Entrevista en casa de la señora Nicolasa

  • Tenía una rabia contenida que era muy evidente. No podía responderle aclarándole lo que había hecho su niña.

En el capítulo anterior, la madre de XXX me pidió hablar en un lugar discreto de la situación en la que se encontraba mi relación con su hija. Me lo pidió con delicadeza y cortesía. Yo accedí con la condición de que estuviéramos solos ella y yo, no quería encerronas.

A la hora fijada me presenté en la casa de la señora Nicolasa, que ya estaba advertida de nuestro encuentro, y que ella gentilmente lo había permitido por petición de esta señora.

Yo llegué el primero. La señora Nicolasa me recibió en el zaguán con afecto, como siempre. Había dispuesto una jarra de agua y dos vasos encima de la mesa camilla.

--Antonio hijo, ahí os he puesto una jarrita de agua fresca y dos vasos. Espero que todo vaya bien. Ya me ha contado por encima de lo que vais a hablar. Yo no me meto en nada, arreglaros vosotros. Bueno, me voy "pa" dentro. Ella estará a punto de llegar.

Tomé asiento y me serví un poco de agua. De la temblona, se me cayó dentro de la jarra el encaje de puntilla que cubría la boca. Estaba muy nervioso. No sabía cómo se iba a desarrollar aquella conversación. Estuve esperando unos diez minutos.

La casa de la señora Nicolasa y su hijo Mauricio, siempre limpia, olía al fresco de las casas del pueblo, construídas con gruesos muros. También olía a labores del campo, a la era al caer la tarde, a paja de garbanzos, a costales... Era la casa de unos honrados agricultores con trojes de cebada y trigo a finales del verano. Llegaba del pasillo ese olor dulzón de pimienta y ajo que desprende el condío cuando suda en verano. Ese era el aroma de muchas de las casas de mi pueblo.

En el zaguán, en torno a la mesa camilla, media docena de sillas de enea, posiblemente hechas por mi abuelo, brillaban de tantas manos de barniz. Mientras, la gata de tres colores ronroneaba entre mis piernas.

Mientras yo me distraía acariciando a la vieja gata, sonó la aldabilla y se abrió la gruesa puerta de madera. La señora hizo su entrada descorriendo la cortina de loneta a rayas. Venía acalorada, era principios de agosto. Esta mujer tenía fama de tener mucho carácter y un orgullo que la devoraba. Portaba un abanico, en cuyos movimientos se evidenciaba su alteración. Yo, en aquella época y teniendo en cuenta lo que representaba aquella dama, era incapaz de ver otra cosa que no fuera a mi acérrima enemiga.

La persona que había intentado, por activa y por pasiva, tirar abajo mi relación con su hija, llegando inclusive al desprestigio de mi familia. Lo había probado de muchas maneras; castigando a XXX a no salir de casa, intimidaciones con su hijo y proyectado sobre mí la imagen de un don nadie dedicado a ser un panadero de pueblo toda la vida, como si eso, en sí mismo, fuera un demérito. Sin embargo, tirando de memoria fotográfica, y en honor a la verdad, he de reconocer que era una hermosa y bella señora de pueblo. En aquella época no tendría más de cuarenta y cinco años. Su hija había heredado su pelo, bello y sano. Solía vestir de oscuro. No era delgada, pero tampoco gorda. Mi abuelo diría que estaba bien torneada y con las carnes en su sitio. De todas formas, los cánones de belleza de mi abuelo eran del siglo en el que nació, el XIX. Por tanto, a la exuberancia y a la voluptuosidad le daba una nota muy alta.

Yo jugaba con ventaja al haber llegado antes a la casa, mi proceso de tranquilización ya estaba concluido. Ella intentaba darme una imagen de sosiego y calma, aunque la delataba el abanico y su rigidez en la silla, no apoyaba la espalda en el respaldo. A pesar de mi edad, yo pretendía darle una imagen de hombre duro y resuelto, como un "no te tengo miedo". Dueño de la escena, le serví sin que me lo pidiera un poco de agua.

Comenzó a hablarme con un tono condescendiente, como si yo desconociera todas las trabas que llevaba poniendo a mi relación con hija desde que empezamos a salir.

--Bueno, Antonio, como te dije ayer quisiera hablar contigo de XXX y de la relación que tenéis. Estar aquí para hablar contigo me ha costado mucho, pero creo que es mi obligación. Una madre por una hija hace lo que sea.

--Pues hábleme de lo que quiera. No tengo inconveniente en escuchar lo que me tenga que decir.

--Yo no sé lo que habrá pasado entre vosotros. Ni quiero meterme. Pero XXX no puede seguir así. Ella no sabe que estoy aquí. Esta niña está irreconocible, no come, no duerme, no estudia...y no quiere hablar con nosotros. Yo no puedo verla así. Te vengo a pedir que hables con ella y resolváis esta situación.

Yo observaba que, en la medida que hablaba, se iba acelerando. Tenía una rabia contenida que era muy evidente. No podía responderle aclarándole lo que había hecho su niña. A pesar de todo yo seguía enamorado de ella. Ni me lo pedía el cuerpo, ni era procedente hablarle a una madre mal de su hija. Por otra parte, la madre me recordaba a la hija, sus movimientos de manos y cabeza eran iguales. Sus mismo gestos, sus mismo ojos ¡Ay su ojos!

Sin embargo yo no podía esconder la rabia que me habían producido la cantidad de agravios de esta señora. Tenía que decírselo, necesitaba ese desahogo. Seguro que hoy no lo hubiera hecho.

--Dice usted "No quiero meterme". ¿Qué lleva usted haciendo desde que XXX y yo comenzamos a salir? Todo este tiempo ha estado demoliendo la relación que íbamos construyendo su hija y yo. No ha escatimado medios. Hasta su hijo me ha querido pegar en dos ocasiones.

--Bueno Antonio, eso pasó hace casi tres años. Las cosas cambian. Buena prueba de ello es que yo estoy aquí.

--Yo no creo que usted esté aquí porque considere que ahora soy la persona ideal para su hija. Creo que eso no ha cambiado. Usted ha venido a verme porque, como ha dicho al principio, una madre hace lo que sea por una hija.

Yo notaba que el gesto se le iba crispando. Le habían brotado una gotitas de sudor en el labio superior a pesar del abanico. Se le apreciaba un esfuerzo de contención evidente. Estaba a punto de estallar.

--Mire usted. Yo creo que los problemas que tengamos su hija y yo los tenemos que resolver los dos. Su intervención no creo que ayude a nada, más bien pienso lo contrario.

Ahí ya explotó, no se pudo contener y comenzó a dar manotazos en la mesa con cada frase para dar mayor contundencia a los improperios que me soltaba como una ametralladora.

--Le he dicho a mi hija mil veces, que no me gustaba nada que saliera contigo. No es un problema de la diferencia de edad que tenéis. El problema está en la sangre que corre por tus venas.

En ese momento se levantó de la silla. Sentada no era la mejor posición para darle al discurso la gravedad y el énfasis que ella pretendía.

--¿Qué le pasa a la sangre que corre por mis venas? ¿Qué tiene que ver mi familia en esto? ¿Qué le ha hecho mi familia a usted para que esté siempre con ese sonsonete?

--No tengo por qué darte más explicaciones. Yo sé muy bien lo que me digo.

--Yo estoy orgulloso de mi familia y usted debería olvidar de una vez lo que le pasó con mi tío Teodoro. ¿Qué tengo yo que ver con aquello?

¡Para qué se me ocurriría decir aquello...! Se puso como una fiera. Todas las venas del cuello se le inflamaron y la boca se le llenaba de saliva. Parecía que le iba a dar algo. La recuerdo agarrada a la cortina diciéndome de todo. No se escapó nadie de la familia de los Chiriviques.

--Espero que no se te ocurra acercarte a XXX nunca más en la vida. ¡Sinvergüenza, que eres un sinvergüenza! Desde que mi hija sale contigo en nuestra casa no ha vuelto a haber alegría.

Me he preguntado muchas veces qué le haría mi tío Teodoro a esa señora. Nunca se lo pregunté, a pesar de la gran confianza que teníamos. Alguna vez, mi tío Quico, que era gran amigo suyo, me dijo que habían tenido una relación que, aunque no fue muy larga, si fue intensa, y que estando con ella mantenía una relación con otra amiga de ella. Tampoco investigué más en esas historias. No me despertaba mucho interés.

Salió bufando de la casa. Ni siquiera se despidió de la señora Nicolasa que, un poco asustada y con pasos delicados, se acercaba al zaguán. Venía con las manos juntas y el gesto compungido.

--Antoñito hijo, parece no ha ido muy bien, ¿verdad?

--Pues no, señora Nicolasa, no ha ido muy bien.

--Tu, hijo, con quien tienes que hablar es con XXX, no con su madre. Esta mujer tiene sus cosas, cada persona tiene su aquel. Si os queréis los dos todo lo demás no importa. Habla con ella y perdonaros lo que os tengáis que perdonar. Otra cosas es que no os quisierais, pero yo creo que estáis muy enamorados. Tu eres muy buen muchacho, piénsatelo tranquilamente y habla con ella, hijo.

Esas palabras de mi amable vecina me dieron el sosiego que en ese momento necesitaba. Me despedí de ella mientras dos lagrimas incontenibles resbalaban por mis mejillas.

Salí de allí convencido de que lo mío con XXX estaba perdido para siempre. Después de ese choque con la madre y teniendo en cuenta su carácter, aquello sería ya irrecuperable. Cuando se es joven los impulsos, no sólo no se controlan, sino que da placer el exhibirlos. Otro gran defecto de la juventud, al menos la mía, es la arrogancia e impertinencia de pensar que se sabe todo. Sólo cuando llegas a los cincuenta o sesenta años, tienes conciencia de lo poco que sabemos cuando tenemos veinte o treinta.

No tardé muchos días en comprender que aquella conversación fue un error y que pude conducirla de otra manera. Nuevamente el orgullo me jugó una mala pasada. Arrepentido estaba de no haber controlado mis impulsos.

La verdad, cuando se revela crudamente, pueda ser ofensiva, hay que saber matizarla y no convertirla en un insulto. Salvo que la utilices realmente para ofender. El esfuerzo de ser correcto y educado hay que realizarlo siempre, aunque te sobren razones para no serlo.

Estando con José Antonio en Las Palmeras, una noche de un día de diario, mientras yo le contaba el incidente en casa de la señora Nicolasa y mi firme decisión de dejar esa relación, apareció XXX con su amiga. Rápidamente cruzamos nuestras miradas con gesto serio y nervioso. José me dijo que si quería hablar con ella él se pondría a hablar con la amiga. No hizo falta. Escuche la voz de XXX detrás de mí:

--Hola Antonio ¿Nos podemos sentar con vosotros?

José Antonio, atento a la jugada, como siempre, contesto diciendo:

--Sí, pero tu amiga y yo nos vamos a sentar a otro sitio.

La amiga entendiendo el gesto de José Antonio acompañó a éste a una mesa cercana...

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