Media vida en África

El sacerdote Alejandro Campón ejecuta proyectos para mejorar la calidad de vida de los Turkana en Kenia

A la derecha, Alejandro Campón, junto con su compañero de misión Wycliffe Ochieng, durante su última visita a la localidad. L.C.G.
MISIÓN RELIGIOSA

El sacerdote Alejandro Campón no escogió su destino, pero las casualidades de la vida lo llevaron hasta Kenia hace 21 años. A estas alturas, se puede decir que ha pasado media vida en el continente africano desarrollando la labor que más le preocupa y ocupa, ayudar a los que más lo necesitan.

En agosto de 1990 él tenía 21 años. Alejandro estudiaba Filosofía en Barcelona, donde residía. Allí se cruzó con dos sacerdotes, quienes le hablaron sobre las misiones, y profundizaron en la región de Turkana. Esas conversaciones despertaron su interés por conocer la gente, las costumbres y la cultura de esa zona.

En principio sería una aventura, una primera toma de contacto sobre lo que estos conocidos misioneros le habían contado. Así decidió trabajar durante un mes de verano para poder costearse el billete de avión que le llevaría hasta ese soñado destino. "El primer viaje me impactó porque vi que todo era muy diferente y me gustó tanto que me quedé", apunta Alejandro.

Pero no se instaló en aquel lugar en ese momento. Regresó a España para terminar sus estudios universitarios. Sus ansias de volver a África lo impacientaban. Pronto llegó el momento de establecerse en la región de Turkana, al norte de Kenia, y frontera con Etiopía y Sudán. En 1996 se hizo sacerdote. Ya había conseguido lo que realmente quería hacer.

Desde entonces no ha dejado de trabajar para dotar a esa población de las necesidades más básicas, como el agua y una adecuada nutrición. "No es una zona de paso aún y está deprimida porque son tierras desérticas y a día de hoy hay escasos cultivos", relata este sacerdote. Los turkanas son tribus nómadas de ganaderos que disponen de camellos, ovejas, cabras y burros. Su producto básico es la leche. "Este año tenemos una terrible sequía y hay poca leche, y eso se nota en la desnutrición de los niños", destaca.

Agua y nutrición

Por este motivo, su principal prioridad ha sido la de acercar el agua a toda la región, que se extiende a lo largo de 15.000 kilómetros cuadrados, construyendo presas, pozos de sondeo y charcas. "Intentamos almacenar el agua de las pocas lluvias torrenciales que hay en esta zona", dice. Para ello cuentan con la ayuda de las donaciones, algunas de las cuales ha aportado el Ayuntamiento de Casar de Cáceres. En concreto este año cuentan con un molino que ayudará a bombear el agua de uno de los pozos para potabilizarla.

Otro de los objetivos es la creación de centros dirigido a los niños de entre 2 y 6 años. "Los estamos transformando en centros materno infantiles porque lo que hacemos es involucrar a las madres para que aprendan los métodos de higiene, cómo cocinar y qué alimentos deben tener en su alimentación y la de su familia", incide.

Por ello, en siete de los centros que se han creado ya se dispone de huertas para cultivar verduras y hortalizas. La más grande que han realizado es de cuatro hectáreas, dos de las cuales ya disponen de un sistema de regadío.

Junto a estos proyectos también se realizan las labores pastorales, en una zona donde existe una situación de necesidad vocacional. La Comunidad Misionera de San Pablo Apóstol la integran junto con Alejandro otro sacerdote español y otras siete personas. Algunos de ellos se están preparando para vincularse al sacerdocio. Junto a ellos reside un niño con parálisis cerebral, al que sus padres dejaron abandonado en la puerta de la parroquia. "Llevamos una vida comunitaria y trabajamos por todo el territorio porque el desafío principal es que esta gente no deseche su pasado como algo malo y que se adapten a los nuevos tiempos y mejoren la calidad de vida", relata este sacerdote.

Amante de su tierra

Alejandro Campón siempre ha sentido fuertes vínculos con el pueblo de su padre, el cual siente como suyo. Por eso, Casar de Cáceres es el destino de sus vacaciones una vez al año. Le gusta compartir todo el tiempo del que dispone con su familia y amigos. También aprovecha su estancia para dar a conocer el trabajo de desarrollo en Kenia a otras comunidades religiosas y parroquias. "Siempre me he sentido muy acogido porque era el nieto de la señora Demetria, para mí este pueblo ha sido siempre un punto de referencia en España, y es el pueblo de mis abuelos", recuerda.

Su labor diaria es fundamental en una región donde siguen existiendo necesidades básicas, donde cada día se lucha para que los niños puedan forjarse un futuro digno y logren ser dueños de una mejor calidad de vida. Alejandro sabe que los frutos que siembra debe recogerlos allí, en el lugar que eligió hace más de dos décadas para vivir. "Soy sacerdote diocesano de allí y no entra en mis planes volver a España porque haces un balance de todos estos años, de cómo estaba antes la zona y lo que es ahora, y te das cuenta de todas las cosas importantes que hacemos en ese lugar", puntualiza.

Tras tres semanas en su pueblo, ayer regresó a su Comunidad, acompañado de su amigo de viaje Wycliffe Ochieng. Juntos pasan la mayor parte del tiempo en su camioneta, de un lado para otro, en los lugares donde más le necesitan. Los recuerdos de aquí quedan en su memoria, pero su vida, más de media vida vinculado a esta particular historia continúa en el continente que un día descubrió por casualidad, y que le arropó como a uno más.