¿Quién vive ahí?

La familia Villa Mendo, moradores de una casona del siglo XV

El paso de las décadas ha ampliado la estructura original con nuevas naves. L.C.C.
HISTORIAS QUE CONTAR

Mucho ha llovido desde aquel siglo XV, justo cuando se construían bellas moradas de vastos muros de piedra, en medio del campo, y que prácticamente hoy son casi inexistentes. Pero el paso de las centurias conserva aún algunos resquicios de una época que destacó por los descubrimientos.

En el paraje de La Jara, rodeado de robustas encinas y angostas callejas, persisten algunos muros significativos de la Edad Media. Con paredes de piedra de entorno a un metro y cuarenta centímetros se alza esta vivienda, en la conocida zona de Mejía. Una casona de unos 300 metros cuadrados, que ha pasado de unas familias a otras en las últimas décadas, y que finalmente es propiedad de un joven matrimonio casareño. Norberto Villa y Belén Mendo compraron esta morada a otro vecino de la localidad.

El paso de las décadas fue transformando su estructura primitiva, pero hoy día sus propietarios trabajan por volver a descubrir los orígenes de la construcción, tras las numerosas capas de pintura y revoco. "Es la más antigua que se conserva por los datos de fechas obtenidos en las paredes", dicen sus dueños.

En la cocina, el azul intenso de dos paredes combina con el blanco de las restantes. La piedra natural acompaña la verticalidad. Un toque entre lo moderno y lo antiguo, entre el antes y el después. El acero inoxidable armoniza también con algunos adornos de décadas atrás que son visibles nada más entrar en la vivienda.

La luz también adquiere un gran protagonismo en esta casa. Norberto es electricista y sabe de esto, por lo que crea con los halógenos un ambiente diferente al que vivieron los antepasados que residieron en esta morada. Pero tampoco se olvida de los faroles de estilo arcaico que distribuye en algunas zonas.

Las tozas de cantería de las puertas, que abren paso a cada dependencia, siguen intactas. En aquella época se construían a escasa altura, y hoy eso no es impedimento para los nuevos residentes. "Hemos querido respetar la construcción de antes, pero hay gente que tiene que agacharse al pasar", apuntan.

El artesonado de la sala donde se encuentra la chimenea es el original. Para conservarlo la familia ha tenido que llevar a cabo un arduo proceso. "Lo tuvimos que lijar, darle anticarcoma y varios productos especiales para obtener el brillo que tiene", explican.

Hasta hace unos años las ventanas, de la construcción original, se encontraban tapiadas. Ellos las han descubierto. Lo mismo han hecho con la antigua lacena que se encuentra bajo las escaleras. Al lado, una antigua bodega, que se ha convertido en un amplio comedor con vistas al infinito. La bóveda de rosca se mantiene enyesada.

No han querido borrar las utilidades de los antepasados, y han dejado un lugar visible para la prensadora del vino. "Hay quienes comentan que en esta casa vivieron monjes, pero realmente no lo sabemos", explican.

La parte superior aún conserva el suelo de cemento. Unas habitaciones conectan con otras. "Queremos mantenerlo así siempre, pero tardaremos aún en reformar esta planta", dice el matrimonio. En todo este tiempo la casa ha experimentado ampliaciones, con la inclusión de naves contiguas. Lo que hoy es la cocina, hace décadas sirvió de cuadras a las familias que allí vivían.

Los muros respiran historia, la de las familias que pasaron allí largas épocas. Ahora sus nuevos moradores descubren entre las paredes de piedra cualquier resquicio de la época que pueda acompañarles en sus vidas. Ajeno a todo el interior se encuentra el almendro, que ya rebosa flores rosáceas, y decora la fachada principal. Junto a él pasan sus horas de ocio, las más placenteras, Norberto y Belén junto a sus dos hijos, sus familiares y amigos.