Motes que forman parte de la vida de un pueblo

Son innumerables los apodos casareños que se escuchan a diario en la localidad, y resulta imposible cuantificarlos

Muchas familias, como por ejemplo, los penenes, los chiriviques o los moscos son nombrados con sus motes a diario. CEDIDAS

­Antonio Hinojal, cacereño pero residente en la localidad hace ya cuarenta años, siempre ha sentido especial interés por conocer la procedencia de cada apodo. Antonio se casó con una comina, Crece Lucas. Los cominos tienen ese apodo porque el abuelo de Crece, era más bien menudo. En su tiempo libre Antonio siempre busca la procedencia de los motes, es pura curiosidad, y pretende elaborar un documento donde cada uno esté reflejado, al igual que lo ha visto en otros pueblos. "Es algo que me gustaría hacer pero es muy laborioso y tendría que preguntar a cada familia del pueblo prácticamente, y eso requiere mucho tiempo", dice. Él trabajó en la librería 'El noticiero', y siempre le han conocido por ese nombre, Antonio el del Noticiero.

­En su larga lista de motes encontramos una retahíla de apodos que los casareños han heredado de generación en generación. Ahí están los cavilas, los pichones, los púas, y los zapatones. Este último viene porque un integrante de la familia se compró unos zapatos muy grandes. Los cachuchas se quedaron con ese nombre porque un familiar llevaba una boina típica, con el mismo alias. Los patacones son muy numerosos en el municipio. Uno de sus antepasados se encontró una moneda que llevaba grabado el nombre de 'patacón'. "La vendieron y con ese dinero pudieron comer durante un tiempo todos los hermanos, y de ahí viene lo de patacones", dice Basilio Ronco, quien también goza de ese apelativo. Los chiriviques también son numerosos. Según la familia, "chirivique es una palabra extremeña que quiere decir pequeño, inquieto y nervioso, aunque mi madre no tiene ni idea pero piensa que puede ser por lo inquieto y nerviosos que somos", explica un integrante de la familia con este mote, Benito Espada. Creen que este mote procede de los Cuatro Lugares, de donde era su bisabuelo.

­"El apodo mosquito o ya más mayor mosco venía de una razón muy simple, mi padre era pequeño, era muy chico y muy inquieto, de ahí que le dijeran que era como un mosquito pequeño y que se colaba por todos sitios", explican los hermanos Ollero, quienes sienten el apodo como parte elemental de su familia. Amplias familias también son los monos. "Mi padre Adrián Mateos era aprendiz de zapatero, y el material estaba arriba y en lugar de subir por las escaleras subía por la parra del patio, era cosas que hacía la gente joven y le empezaron a decir el mono y con eso se quedó", explica Antonia la mona.

­Los apodos podrían considerarse como un fenómeno de las áreas rurales. Fulanito y menganito, unos y otros, se conocen. El mote se antepone en muchos casos al nombre de pila, y ni qué decir tiene a los apellidos. Los pollos se quedaron con ese mote por su el abuelo Santiago, a quien le decían que estaba tan gordito como un pollo. Luego fue él quien a su hijo Vicente le apodó 'penene' porque nació pequeñito. Así lo cuenta Vicente Cebrián, integrante de la tercera generación. De las canelas dicen que las llamaban así porque eran mujeres muy limpias, los bolos, y los bolas, que nada tienen que ver unos con otros. "El mote de Bola viene de mi abuelo Ángel Cortés, el Bola, su madre lo llamaba así ya que de pequeño era como una bola de gordito, ella le sacó motes a cada uno de sus hijos", explica Javier Cortés Barrantes. Los cabras, los caramelos, los ratones, los chapas, los pindel y los peatones, los loretos y los capullos. "La madre de mi abuela decía que su hijo tenía los mofletes siempre muy rojos, que parecía un capullito, y por eso surgió el mote", cuentan las hermanas Elisa y María, ambas conocidas como las capullas, y que hoy día conviven con ese apodo en el municipio.

­Lo que está claro es que nadie se escapa de los pseudónimos familiares que ya tienen impuestos. De hecho, en la misma familia hay quienes heredan dos y tres apodos. Algunos ejemplos son los malaras y los pincha, uno por parte de padre y otro de madre, los severos y los tapias, los quirós y los gitas. Ángel el lobo (que nunca ha sabido de qué le viene ese mote por su padre) y su mujer Lucía, la basurera porque su padre era basurero. Los cartulinas y los mataburras también integran un mismo matrimonio. "El abuelo jugaba a las cartas y le decían que repartiera las cartulinas, y cartulina, cartulina se quedó con el nombre", dice Toñi Ordiales, a cuya familia le llaman los mataburras, porque al parecer un progenitor suyo mató de un golpe a una burra sin intención. Los cañeros y las hueveras, también se unieron tras el casamiento.

­Gran protagonismo a diario

­En el municipio todos los motes resuenan. Todos tienen protagonismo y a diario se nombran. "Los tintas tenían ya un apodo de la familia. Eran los quintines, pero hubo alguien de sus antepasados que se puso una gabardina que le regalaron y que se manchó de tinta, y se quedó con ese mote", repasa Antonio entre sus anotaciones. Los gallos negros, los cabreros, los maricas, los piras, los quininos. Los pelaos se les reconocen así porque sus abuelo al nacer era muy pelón, y se quedaron con ese nombre. Los jigos, con Martín el jigo y Antonia la jiga.

­En Casar de Cáceres también están los sordos, los pellejos duros, los veneno, los baratos, los charis, los rape, los moros, los juanimedio, los chicotes, los cojolos, los clavellinos, los trotes, las cogotas o los rosquillas, que tienen que ver con su dulcería. Los juriques, los tornillos, los maique, los lelos, los mareaos, los serenes, los zanganeros y los castilla. "A los pilletes le decían que eran hermanos porque se parecían mucho, pero no lo eran, uno tenía un bar y el otro una peluquería y decían que eran muy pillos y se quedaron como los pilletes", explica Hinojal. Las caracolas, por Marcelino caracol que era el herrador del pueblo. Los borchos, y los conejeros a los que también se les conoce como los húngaros. Los poñoños, que según Leandra, la poñoña, era porque su abuela se llamaba Polonia y empezaron a decirles ese mote.

­También están los personificados: José El Español porque, dice Antonio, que cantaba muy bien. Nada tiene que ver el apodo que lleva su hermano, Pablo Torobina. Leandro Caraco, Juana la potrilla, y Asunción la Pola, ya fallecida. Sus hijos son los polos. Teófilo el careto, Quili el tuerto y Sinfo el mareao tenían bares en el municipio. Antonio el guardia, recuerda su sobrina Crece, salió un buen día a la calle vestido de guardia de la época y se quedó con ese mote, aunque por su familia tenían como apodo los curina. Pese a todo, los hijos de Antonio el guardia heredaron ese mote. "A Alejandro Conejero, el rápido, porque a todos los sitios iba muy veloz, le fue otorgado ese adjetivo. A Juana, la macho, porque siempre conducía ella, en lugar de su marido Alejandro canea", comenta Hinojal. Muy popular en el municipio es también Augusto chiripa. Tienen sus motes Francisco bulancra, Paquino el mulo, Manuel cacla, Valentín el pregonero, Juan el seto, Jose Mari gasolina (porque trabajaba en la gasolinera Montebola cuando era joven) o su hermana Mari Paz la chiruca, Fernando politra, y Vito gasolina que era taxista en Madrid. Andrés Pinocho, que nada tiene que ver con el mote que le propinaron a su hermano, Pedro el gallo. Heliodoro pinilla, que se le puso ese apelativo porque trabajó en una empresa constructora con ese nombre.

­Una pregunta común en los pueblos es esa de ¿y tú de quién eres? Y ahí siempre hay una respuesta clara. Basta con soltar el mote, y quien pregunta obtiene la mejor de las respuestas. Por culpa de los motes, muchos nombres de pila quedan en el olvido. De los palomas se dice de ellos que eran muy limpios y blanqueaban mucho sus casas, como si fuera un palomar. "El apodo cuervo se debe al bisabuelo de mi abuelo Manuel que mató un cuervo en el campo y se lo comió y desde entonces es el cuervo", relata Soledad Muñoz Pacheco.Los zanganeros, los llanas, las pellejas, los pirulas y los tarrina. "Por lo visto, las charrascas se llaman así porque el abuelo Gregorio pedía siempre piedra para hacer la función de mechero y por el efecto de cómo charrascaba la piedra se quedó con ese apodo", explica Hinojal. Los chiquitines, los zurra, los pachíos, los pochoro, los largos, las conejas, los nanos, los mogones, las caifalas, los caipas (que no pronunciaban bien las carpas), los berrones y los perejiles. Jacinto González se quedó con el lucas, y ahora su familia lleva ese apodo. "El apellido de Juan el quinqui era rancapino, pero vino de Madrid un día muy moderno vestido y con los pelos largos y le dijeron que venía como un quinqui y con eso se quedó", cuenta Antonio. Los piano porque el cabeza de familia, Cipriano, de pequeño no sabía decir bien su nombre y decía algo parecido a piano. Los rapas llevan ese alías porque al abuelo Felipe le llamaban rapapeón, que era una peonza, y él al ser bajo y regordete le adjudicaron ese mote. Los batallas viene del bisabuelo Antonio que tenía un huerto y trabajaba de forma brusca y comenzaron a decirle que trabajaba como un batallón, y se quedó con ese apodo.

­La lista es amplia

­Los chafarotes que vivían en la calle el Santo y los seguros son los mismos. Vendían pescado por las calles, dice Antonio. Los morena, los clarines, las rojas, los currantos, los piturros, los picazo, los cocles, los peliches, los taramas, los diluvios, las gregorinas, los negriles, los pardillos, los milanos, los chulastras, los caribes y los campanillas. Los iñares y los botones. Los carracachas, los canarios, los bolinas, los borregos, los carboneros, los tetas, los maestra rubios, los tapones, los tacones, los pelícanos, los gordo prao, los pitillos, los chaquetitas, los condes (Juana la del conde), los cutras, los chombos, los atacaos, los mantas, los zurras, los caldereros, los rechinas, los torviscos, los caros y los guacharras. Los naveros, familia procedente de Navas del Madroño, y los muertos, también de Cáceres.

­Por los apellidos también surgen apelativos con los que se conoce a las familias. Los cordobeses, por Cordobés. Los picazos, los vivas, los serranos, los barreras, los colos y los conejeros. Las rías por su antecesora Cándida Ríos. O María la franca, apellidada Franco. Y motes referentes a nombres propios, como los severos, por un integrante de la familia que se llamaba Severo, o los íñigos, por el mismo motivo.

­Esta tradición por mantener los motes llenos de vida brinda personalidad a los pueblos. Los motes nacen, de forma general, de una ocurrencia puntual, de algún hecho vivido por una persona en un momento concreto, e incluso, motivado por un defecto físico de alguien de la familia. También por algún aspecto de la personalidad. Aunque pocos se esconden de sus apodos, también es cierto que no a todo el mundo le sienta bien el que se le ha asignado sin más. Y lo peor de todo es que ni siquiera se pueden desprender de él. Es para siempre. También es cierto que muchas de las personas que tienen un mote ni siquiera saben su significado. Sólo están al tanto de que es heredado, pero no el motivo.

­El monto de apelativos casareños es inagotable, y resulta casi imposible nombrarlos todos. Son innumerables, por lo que es inevitable que muchos se queden en el tintero y no queden impregnados en estas páginas. Aún así, lo indudable es que todos y cada uno de los motes decoran el sentir del pueblo casareño, llenan de vida sus calles, y resuenan en cada rincón por donde esos apodos son pronunciados por alguien. Por muchas décadas que pasen, los motes siempre prevalecerán, en muchos casos, por encima de los nombres y apellidos de todos los casareños. Y así, la totalidad de los motes casareños constituyen, sin duda, la idiosincrasia particular de Casar de Cáceres.