El arte de hacer encaje de bolillos se mantiene con varias aficionadas

Sus manos manejan los bolillos sin mesura, con una destreza que pierde a quienes nunca han visto esta práctica. Centradas en su labor, hablan y cuentan historias del día a día mientras realizan este arte que data del siglo XIX. Ocho mujeres casareñas pasan cuatro horas a la semana haciendo encaje de bolillos. Tienen reservada una sala en la casa de cultura, a través de la Asociación de las Amas de Casa, pero es un grupo que se mantiene abierto a todas las personas que estén interesadas.

Este taller se inició hace casi dos décadas en la localidad, en la antigua sede de Cudeca. Por aquel entonces fue la casareña Pepi Borrella quien animó a un grupo de mujeres para que acudieran a las clases, en la que ella figuraba como maestra. "En esos inicios había apuntadas un buen número de mujeres, más mayores, pero con el paso de los años vamos siendo menos", dicen las casareñas que siguen manteniendo esta tradición que consiste en cruzar hilos. Isabel fue una de las primeras en empezar en este tipo de clases, y a día de hoy continúa. Es algo que le gusta, y entretiene. Hace poco hizo una puntilla para el paño de la Virgen de La Soledad, y que ella ha querido donar.

Todas disfrutan con al que popularmente denominan acerico, un instrumento de madera con una almohada que gira y otra almohadilla sobre la que reposa la labor. "En el pueblo se le conoce así, pero la gente en general lo llama mundillo", aclaran. Dori lleva varios años en estas clases y estos días se aventura con un nuevo reto, hacer un bolso de fiesta para el que necesita 184 bolillos. "Voy a probar porque nunca he hecho algo así", cuenta. Su compañera, Pili, presta toda su atención a la liga de novia que está realizando. El número de artículos que logran hacer es innumerable, desde tocados y baberos, hasta guantes, abanicos y pañuelos. Cualquier idea es buena para hacer un encaje duradero, y digno de admiración.

Sin embargo, elaborar encaje de bolillos requiere de una paciencia sin límite. "Lo que hacemos es muy laborioso y tienes que tener la cabeza muy centrada", señala Pili.  Para muchas es un método relajante, que le aleja de los problemas cotidianos. Sin embargo, no todas las aficionadas consiguen este propósito, sino el efecto contrario. "A mí me relaja mucho pero hay a gente que le causa un gran estrés", cuenta Puri. Ella misma ya lanza a través de las redes sociales sus trabajos. "El otro día publiqué una foto del abanico que hice, y parece que no se hace bolillo pero hay mucha afición y en internet hay mucha gente seguidora", cuenta.

Ellas eligen sus picados (el dibujo que van a desempeñar con los hilos) y a través de ese papel se muestra el cambio de alfileres y los puntos a realizar. "Se le llama picado porque antes cuando no había fotocopias se hacían los dibujos picados con alfileres", dicen. Y como suele suceder, cada maestrillo a su librillo. Estas mujeres explican que las alfileres de colores que clavan en sus trabajos llevan la voz cantante. "Son las que te van indicando cómo s que definen cada labor. Este año, a falta de una profesora, se apoyan las unas a las otras. Si hay un error no queda más remedio que deshacer, dicen. ace el dibujo", puntualizan. Hay distintos puntos (de espíritu, de antena, de triángulo, el tul, el cruce de seis en estrella, milano o araña a punto entero, o a medio punto). Este año, a falta de una profesora, se apoyan las unas a las otras. Si hay un error no queda más remedio que deshacer, dicen. 

Algunas aprendieron esta artesanía cuando eran niñas, y reconocen que por mucho tiempo que pase no se olvida. Ahora, en sus ratos libres los bolillos son su mejor pasatiempo. Julia, con 83 años, se siente feliz con esta práctica. Hace tres años su hermana le trajo de vacaciones un mundillo. Y así llegó a este aula. "Al principio pensé que dónde me había metido pero luego todo se aprende", señala. De hecho, sus compañeras aseguran que de todas es la que más hace. "Atreverse a empezar a hacer bolillos con su edad tiene mucho mérito", comentan.

Encarni, quien empezó hace dos años, cuenta que "tenía ganas de aprender y me parecía muy difícil, pero ahora se ha convertido en un vicio". Manoli también lleva varios años acudiendo a estas clases. "Lo dejé porque me ponía muy nerviosa, pero me gustaba y tenía gusanillo y volví, y ahora por las noches es con lo que me entretengo", añade. El valor de sus trabajos es incalculable. Aseguran que las horas de trabajo dedicadas "son impagables". Por eso todo lo que confeccionan es para uso propio o el de su familia.  rios años realizando esta labor. 

El encaje de bolillos parece estar de nuevo en auge. Así lo mantienen los colectivos de féminas de muchos pueblos y ciudades. En Internet son innumerables los tutoriales que muestran esta técnica. Pero nada mejor que hacerlo en grupo, con risas y buena conversación mientras las manos de estas aficionadas maniobran los bolillos con gran maña.