Cartas para los héroes del hospital

La casareña Teresa Andrada muestra su agradecimiento a todos los sanitarios de los dos hospitales cacereños que, en la última semana, le están prestando toda su atención

Lucía Campón Gibello
LUCÍA CAMPÓN GIBELLO

Estos días los aplausos a los sanitarios son noticia de manera reiterada. Los vecinos salen a la calle para agradecer todo lo que hacen por los pacientes afectados por la pandemia. Otros muchos escriben a través de redes sociales, por mensajería instantánea, e incluso, se las amañan para que sus mensajes de agradecimiento lleguen a los médicos y enfermeros. Quieren que, cuando no trabajen, lean sus mensajes.

La casareña Teresa Andrada es una de las pacientes agradecidas. Ella ha escrito una pequeña carta para los sanitarios con los que ha convivido durante estos días. En una sóla semana ha pasado por tres plantas de los dos hospitales cacereños. Ingresó el pasado miércoles, día 18, con una neumonía y por ser grupo de riesgo. Estuvo en la segunda planta. Le realizaron la prueba del Covid-19 en dos ocasiones. En ambas el resultado fue negativo.

Un gran alivio sintió, pero debía permanecer ingresada. En el San Pedro la cambiaron a la octava planta, y al no ser positivo por coronavirus le hicieron el traslado al Hospital Universitario, según cuenta, «para mayor seguridad».

Desde la habitación de la tercera planta del Universitario, Teresa Andrada ha aprovechado para teclear una pequeña carta a quienes ella considera, después de una semana, sus héroes.

«Uno de los primeros libros que tuvimos en nuestra infancia se llamaba 'Héroes en zapatilla'. A saber, personajes históricos o fabulosos que merecían ese título y en zapatillas porque eran tipo cómic y ameno para los niños. Llevo siete días con ellos, conviviendo con mis HÉROES de verdad. Mila, Lupe, Beatriz, Pedro, Justi, Sandra, Fran indas, Juan Carlos, Carmen, Luismi, Amparo, José María y tantos otros nombres.

Me gustaría haber visto todas sus caras y saber sus nombres completos para que no se me olviden jamás. Ejemplos de amor a su trabajo y a los pacientes que cuidan.

Algunos me cuentan que cuando llegan a sus hogares, incluso cuando van de camino, lloran, lloran mucho, de impotencia, de emoción, de la solidaridad que les llega del pueblo llano al que pertenecemos la mayoría de los mortales y que sienten un dolor especial, que no comprenden cuando presentando síntomas que ya conocemos se tienen que confinar en casa sin que nadie atienda sus necesidades. Simplemente en ese momento ya no sirven. Es muy fuerte, muy injusto. Como el maltrato de un familiar que tiene que cuidarte y protegerte y que llegado este momento te abandona.

Todo mi reconocimiento y el de los míos para urgencias, plantas segunda y octava del San Pedro. Y ahora para la planta tercera del Universitario».