Don Ambrosio con Jerónimo Espada. CEDIDA
Don Ambrosio con Jerónimo Espada. CEDIDA

Don Ambrosio

  • PERSONAJES CASAREÑOS

  • Tenía semblanza de bonachón, gordito, blanco y sosegado, su cara era como una bolluela y su cuerpo parecía un poco invertebrado.

En los veranos de mi infancia, al llegar el atardecer, los vencejos acuchillaban el cielo a velocidad de vértigo, las golondrinas se aglomeraban en los cordones de la luz organizando su migración anual y las chicharras guardaban sus guitarras a la llegaba del crepúsculo.

A esa hora, Don Ambrosio comenzaba su paseo diario por la acera de su puerta y, con un rítmico tambaleo lateral, mecía su cuerpo de cachalote. Los vaivenes de la sotana movían el aire a su paso provocando pequeños remolinos de polvo en el suelo. Iba como en procesión, pero sin procesión. Llegaba hasta la puerta de la Escuela Parroquial y vuelta a empezar hasta la puerta de Renganilla. De vez en cuando, movía los labios hablando solo. Yo observaba embelesado las largas conversaciones consigo mismo ¡Qué trabujenias tendría ese hombre! No braceaba, mantenía todo el tiempo los brazos cruzados por detrás, la mano izquierda cogiendo la muñeca derecha y así hasta la cena: sopa de ajo engañada con naranja...

Tenía semblanza de bonachón, gordito, blanco y sosegado, su cara era como una bolluela y su cuerpo parecía un poco invertebrado. Su aspecto general cumplía perfectamente el estándar de un cardenal de la época, siempre ataviado con sotana y bonete. Sus manos, siempre frías, tenían un tacto esponjoso y poco agradable...

Mi madre decía que se debía besar la mano de los sacerdotes cuando te cruzabas con ellos. En mi caso era un lío por la proximidad: Don Ambrosio y yo éramos vecinos en la calle Parra, por eso decidí besarle la mano en ocasiones muy contadas. Aprovechaba, por ejemplo, cuando iba mi querido José Mari "El Pillete" -que era muy besucón- Yo iba detrás y besaba el envés de su blanda zarpa, al tiempo que posaba la otra sobre mi cabeza en señal de bendición. Recuerdo el anillo en su mano izquierda, de metal viejo, como revenío, y con un pedrusco de color cereza en el centro.

Cuando llegó a Casar de Cáceres, iniciándose la década de los cincuenta del pasado siglo, se instaló en la pensión de mi abuelo Santiago. A tía Leandra, mi abuela, le pareció muy bien que este señor cura hubiera elegido su fonda como residencia habitual. Ella creía que su cercanía, cubriría de gracia cristiana a toda la familia y por ende, a todos los huéspedes que pasaban por allí. Era un privilegio tener un sacerdote cerca, como una especie de cobertura religiosa adicional.

Compartía la parroquia del Casar con otro compañero un poco más joven que él: Don Juan Paniagua Cotrina, de mirada felina, homilías inquisitoriales y un poco incendiarias. Eran rapapolvos, en toda regla, los que les echaba a los fieles todos los domingos en misa de doce. Don Ambrosio, sin embargo, era más indulgente con el cumplimiento de los preceptos eclesiásticos, consentía a los fieles el mismo relajo que se permitía a sí mismo.

Este buen hombre fue un segundón molesto y crítico con la jerarquía eclesiástica imperante en aquella época, y particularmente con el obispo Manuel Llopis Ivorra, el obispo de Coria-Cáceres por aquéllos entonces. Pablo VI no le caía bien, era más de Juan XXIII. De hecho, en su aspecto físico, eran parecidos. -"Una pena, amigo Moreno que se muriera antes de acabar el Concilio Vaticano II, se quedaron muchas cosas sin rematar"- le decía a mi padre. A lo que mi progenitor asentía sin saber muy bien a qué se refería.

A la gente joven del pueblo les caía bien, era cercano y afable, conseguía celebrar misa en un tiempo récord: 12 minutos se le llegaron a cronometrar. Lo de Don Juan era un autentico "peñazo": una hora de reprimenda que, a los muy creyentes, les encogía el corazón y a los "fundamentalistas" les encantaba por aquella severidad autoritaria tan en la línea del franquismo imperante: ¡El pecado reside en la pasión y el desenfreno, protegeos de ese ardor irracional !". Mi entrañable José Antonio Galán "El Biombo" cuando escuchaba esto, tragaba saliva y agachaba la cabeza sintiéndose directamente aludido. Estábamos en plena edad del pavo...

Don Ambrosio pronto abandonó la fonda: no era lo más apropiado para el recogimiento que requiere el sacerdocio y se buscó una casa en la calle Parra, como digo más arriba, muy cerca de la nuestra. Allí se instaló asistido por los impagables buenos oficios de la señora Guadalupe, que lo único que recuerdo de ella es que tenía unos sobrinos (o hijos?) en Asturias y que, cuando iba a visitarlos, Don Ambrosio quedaba sumido en una evidente desolación.

En sus ratos libres, los más, se iba a la tahona que teníamos en la misma calle, nunca faltaba algún tertuliano con quien echar el rato: tío Guillermo, tío Juan el Herrero, Periquín y Máximo la Rata eran los habituales. Era un buen conversador, sus opiniones eran generalmente aceptadas. En aquella época, los curas, en casi todas las ocasiones, tenían razón. El administrar la gracia de Dios siempre ha dado mucho poderío. Se hizo un buen amigo y confidente de mi padre, llegaba a confesarle hasta sus vacilaciones vocacionales.

--"Antonio hijo, cuando quieras que alguien te cuente de tó, hazte más torpino que él y veras como le sacas hasta las primeras papas".

Don Juan lo relegaba y criticaba veladamente, sin embargo él conseguía granjearse la simpatía de los más jóvenes. Con Don Juan no había forma de confesarse: no te perdonaba, te echaba la bronca..., total por un par de pajillas diarias. José Antonio Galán salía llorando del confesionario y con las orejas coloradas como tomates.

---¿Y por qué coño le cuentas eso? ¡Joder, no aprendes!

---¡Toma! ¿Y qué quieres que haga? ¿Voy a comulgar con el pecado dentro?

---Haz lo que yo, que me confieso con Don Ambrosio y a mí se me olvidan todos los pecados.

---Antonio, yo no puedo hacer eso.

---Bueno, haz lo que quieras, pero todos los meses vas a tener el mismo tormento. O no vayas de los primeros, y así lo coges cansado.

A veces, cuando yo llegaba, normalmente de los últimos, estaba sumido en un profundo sueño y me absolvía en un duerme vela. Yo mismo me aplicaba la penitencia: un par de salves, que era lo que mejor me sabía.

Era evidente que la presencia de la religión en las décadas de los 50/60/70 tenía un profundo arraigo en la sociedad, por ello, los sacerdotes y demás cargo religioso (muy abundantes) gozaban de una posición social muy respetada.

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