Integrantes del grupo de adultos, con algunos de sus cuadros. / L.C.G.

El taller de pintura de la Universidad Popular es el más heterogéneo, con alumnos desde los seis hasta los 90 años

Además de la formación se pretende que los alumnos se diviertan en este espacio que perdura tras más de dos décadas

Lucía Campón Gibello
LUCÍA CAMPÓN GIBELLO

Pintar es apto para todas las edades. Así lo demuestra el taller de pintura de la Universidad Popular, que lleva más de dos décadas en funcionamiento, y a día de hoy tiene alumnos con edades desde los seis hasta los 90 años.

Julia Campón es la veterana del grupo en edad. Se incorporó al taller hace sólo tres años, animada por su hermana Esperanza, quien sí lleva como alumna desde los inicios de este taller. Julia asegura que nunca antes había pintado nada, ni tenía habilidad con este arte. «No quiero estar sentada sin hacer nada, me gusta mucho venir al taller y voy a seguir hasta que pueda», precisa.

Su hermana Esperanza tiene 83 años y decenas de cuadros hechos por ella misma decoran su casa. No hay pared en la que no cuelgue alguno de los trabajos realizados en estas dos décadas. «Hubo algún año que estaba yo sola de adulta y compartía el taller con muchos niños», recuerda revisando una fotografía que guarda en su móvil.

Jesús Méndez lleva más de dos décadas al cargo de este taller de pintural. / L.C.G.

Guadalupe Molano tiene 63 años y se siente feliz en el grupo. Ella ya había asistido a otros talleres de pintura en Cáceres. «Nos llevamos todos muy bien, hemos forjado una gran amistad y los cuadros ya son secundarios», comenta con una sonrisa. Ahora se centra en un nuevo reto, en crear un dibujo sobre madera, sin fijarse en ninguna imagen, simplemente echando a volar su imaginación. «Haré edificios de la parte antigua de Cáceres, pero sin fijarme en ninguna foto, a mi manera», dice.

En el grupo también hay alumnos de entre 40 y 60 años. María José Ollero se relaja cada miércoles cuando se pone la bata de color blanca y agarra con precisión y cuidado sus pinceles. Desde hace 12 años le encanta poner colorido a sus cuadros. En esta actividad ha encontrado una vía de relajación. «Me apunté cuando sus hijos ya eran mayores, y era algo que me gustaba y decidí venir», apunta. Después de hacer muchos óleos, sus nuevas obras están realizadas con acuarelas.

Mientras pintan, el grupo crea un ambiente familiar con las anécdotas y numerosas historias que se cuentan. / L.C.G.

Julio Andrada no se lo pensó dos veces cuando hace nueve años falleció su padre y le dijeron que atarse a la pintura le ayudaría a sobrellevar la pérdida. «Hacía cosas a bolígrafo, caricaturas y poco más, tengo ya ocho o diez en mi casa y muchos los tengo colgados», cuenta. Este padre de familia asegura que es el momento más relajado de la semana, y entre sus preferencias destacan pintar rincones de pueblos cacereños y animales. El último cuadro que pintó fue a sus hijas asomadas a un balcón de espaldas.

Juana Daza se apuntó al curso por curiosidad, para aprender esta disciplina artística de la que nada sabía y que le llamaba la atención. «Aprendes bastante y pasamos buenos ratos porque somos como una familia», precisa.

Jesús Méndez dirige el grupo desde que se puso en marcha en la década de los noventa. «En este grupo damos rienda suelta a la creatividad y expresión artística, no tratamos de ser artistas, además de dar formación buscamos entretener y que los alumnos disfruten», explica.

En todos estos años el taller también ha contado con presencia de niños, aunque no de forma continuada. «Hemos tenido niños que luego han cursado estudios de Bellas Artes», indica Méndez. Actualmente las más pequeñas del grupo son África, Elena y Daniela, que tras manejar la técnica del carboncillo, ya se desenvuelven con sus primeros óleos a color.