Clarencio Cebrián, y su hijo Claren, ambos médicos, en uno de sus encuentros familiares. / CEDIDA

La llamada esperanza que duró 38 días

Claren Cebrián, hijo del paciente casareño con mayor número de días de ingreso hospitalario por Covid-19, relata la importancia que tenía para él y su familia esa llamada desde la UCI para conocer cada día la evolución de su padre

Lucía Campón Gibello
LUCÍA CAMPÓN GIBELLO

El casareño Clarencio Cebrián sabe bien lo que es batallar contra el coronavirus. Este médico, de 62 años, ha sido el paciente de la localidad con el mayor número de días de ingreso en el hospital. En total 53 días, de los cuales 38 ha permanecido en la UCI del San Pedro.

El pasado 12 de mayo recibió el alta hospitalaria y regresó a su casa. A su hogar, para recibir el calor de su familia, de su mujer y sus tres hijos. Uno de ellos, Claren, nefrólogo de clínicas concertadas de Extremadura, ha querido destacar de estos dos meses de angustia la llamada esperanza. Ese escaso minuto y medio que, cada día, recibían para conocer la evolución de su padre, y que agradecerán eternamente. «Esa llamada era la razón para tirar hacia adelante porque hemos vivido muchos días de angustia, pero con su trato y sus palabras nos hacían mantener la esperanza», explica este joven de 35 años.

Sabía que su padre estaba en buenas manos. En la UCI le atendían compañeros con los que él mismo se había formado años atrás. «Los conocía, pero nunca quería preguntar más de lo que nos informaban, siempre he confiado en ellos y en el trabajo que hacían», detalla.

Ahora la familia vuelve a estar unida. Clarencio, que lleva ejerciendo 38 años como médico de atención primaria (ocho de ellos en Monroy) tiene ya la mejor medicina para terminar de recuperarse. «Mi padre me dice que volver a casa ha sido el mejor tratamiento que podía tener», aclara Claren.

Tras todos estos días de angustia, él mismo ha expresado en una carta lo que para él, su madre y hermanos significaba esa llamada esperanza que diariamente recibían del hospital:

«Todo comienza el sábado 21 de Marzo. Tras una semana de fiebre y aislamiento domiciliario, nuestro padre, médico de atención primaria, nos comentaba que las sensaciones no eran buenas y el temor comenzaba a brotar aupado por el pavor de una sociedad que no esperaba un enemigo tan masivo, invisible y voraz.

El aislamiento obligaba a activar la llamada esperanza, siendo, al comienzo, él mismo el emisor de ésta. La primera semana la llamada fue de lucha, de batalla, de perseverancia ante la fuerza del enemigo, que poco a poco fue abriendo camino. Los servicios de Medicina Interna y Neumología, golpeados por el virus, hacían todo lo que podían. Joaquín, internista. Elena, intensivista. Ambos nos informaban dentro del caos de las semanas más críticas del Hospital, donde se miraba de frente al virus, donde la vida iba y venía.

El batallón de la UCI se iba mostrando por si tenía que participar. Nuestro mensaje de vuelta trasmitía la esperanza, sabíamos que ese grupo de sanitarios es el que nos iba a dilatar el tiempo necesario para vencer al enemigo. La primera llamada esperanza de UCI nos llegó a través de Marta, intensivista, para posteriormente hacerse cargo de ella Basilio, intensivista también y, además, amigo de la infancia y compañero de carrera de mi padre. Por desgracia la vida les volvía a cruzar en esta dura situación. Esta llamada esperanza duró 38 días, en una franja horaria fija y donde sólo hacía falta un tono para escuchar la voz que tanto ansiábamos: la voz de la llamada esperanza. Una voz tranquila, neutra, cordial, una palabra concisa y clara, un hilo de la esperanza fino pero que siempre estaba firme. Era, sin duda, el momento más importante de nuestro día a día, era nuestros ojos, nuestros oídos y nuestra voz.

Basilio no nos falló, como a ninguno de los enfermos, ni un solo día de los que estuvo ingresado en UCI, y la llamada profesionalmente neutra y objetiva se llenó de ápices de sutil alegría y optimismo. Fue en la última semana cuando la evolución empezó a ser favorable y donde se mostró la humanidad del médico, su cauta alegría de fondo sobre la firmeza profesional.

Posteriormente se introdujeron videollamadas de esperanza donde pudimos ver a mi padre y donde pudimos observar el trabajo, cariño, cuidado, y luz que desprendían los médicos, enfermeros y auxiliares de la UCI. El día 3 de mayo, Día de la madre, tras 38 días, recibimos la última llamada esperanza de Basilio: mi padre y el servicio de UCI lograban ganar, en él, la primera y más importante batalla contra el maldito virus, y un aplauso virtual volaba desde nuestra celdas de aislamiento de Casar de Cáceres, Cáceres, Mérida y, desde su lugar de trabajo, Monroy.

LO HABÍA CONSEGUIDO

Fernando, neumólogo de la UCRI, ultimaba cuidados y nos confirmaba la buena evolución. El fisioterapeuta se volvía más importante que nunca.

Ojalá pudiéramos devolverle la llamada a todos los que contribuyeron a la mejoría de su salud: personal de urgencias, internistas, neumólogo, enfermero, auxiliares, celadore, rehabilitadores y fisioterapeutas. A los que estuvieron al otro lado del teléfono y a los que no oímos, pero que estuvieron ahí.

Nuestra llamada solo fue una de entre todas las llamadas esperanza que se enviaban cada día hacia diferentes casas de familiares infectados por covid-19. Toda nuestra gratitud y orgullo por nuestro personal sanitario del Hospital San Pedro de Alcántara, de Cáceres. Mil gracias a todos los que contribuyeron a las llamadas esperanza.