'Los moradores'

'Los moradores'

  • "Nací en una época en la que tres vacas suizas transitaban por el estanco de mi familia y mi abuela Faustina zurcía pantalones con más de treinta años de uso"

Nací en una época en la que tres vacas suizas transitaban por el estanco de mi familia y mi abuela Faustina zurcía pantalones con más de treinta años de uso, mi madre cocinaba en un infiernillo de petróleo y yo defecaba, puntualmente y con mucha precisión, en el sumidero del corral a la luz de las estrellas.

Calle Parra, 9, allí estaba nuestra casa, hoy demolida. Mi padre alquiló la planta baja a Antonio Pérez, Roque para más señas, y sólo la planta baja, porque la primera la tenía alquilada Pedro Talavero con su primera esposa Claudia y su hija Sole, por tanto, esta familia y nosotros, éramos "moradores" de una misma casa en la que compartíamos algunas estancias: el zaguán, el retrete, la cuadra y el corral. Por cierto, en mis años en Marruecos, supe que nuestra palabra zaguán allí es "istawán", no es necesario decir de dónde viene la nuestra..

La estanterías del estanco nos las hizo "Pillín" (a los seis meses estaban desvencijadas) Un día les hablaré de Pillín, ese "prodigioso" carpintero de la calle de El Cura; hacía las cajas (me parece muy fino llamarle féretro) de los muertos y camino del cementerio se iba viendo el cadáver por las "rejendijas" que dejaba entre tabla y tabla o por los nudos de la madera que se caían por el movimiento de los cargantes, "Manitas de plata" le llamaba mi abuelo Santiago.

Pedro Talavero tenía tres vacas suizas: Lucera, Jardinera y Negri, que entraban y salían dos veces al día de la cuadra a un campo cercano, y lógicamente tenían que pasar al lado del mostrador. Los clientes, si eran del pueblo, veían con naturalidad el tránsito de los animales por el estanco, mientras "La Riza" les despachaba un "Ideales" o un "Bote Colorao". Era impresionante la habilidad que mi madre desarrolló para librarse de las moscas que traían las vacas del campo; las recibía en la entrada del estanco con la cortina de rayas negras a dos manos, como a Puerta Gayola, las vacas pasaban deprisa, mi madre se pasaba la cortina por la espalda, jugándose la vida, pero las moscas quedaban en la calle. Terminó evolucionando y algunos días las recibía con chicuelinas y otros con una especie de molinetes muy suyos. Recuerdo a un "viajante" de papelería de Cáceres (Alcoresa) que el hombre intentaba vendernos cuadernos, lápices, gomas de borrar, etc. y en ese momento entró Negri en el estanco y lo miró con esos ojos inexpresivos y acuosos que tienen las vacas, el hombre descompuesto, de un salto se subió al mostrador "tranquilo, señor, es muy mansa, es que no le conoce" dijo mi madre intentando que se bajara del mostrador. No volvimos a verle el pelo al viajante.

Pedro, ya en la cuadra, al caer la tarde, asistía a las vacas con generosas pasturas antes del ordeño. Los sonidos inolvidables de los primeros chorros de leche estrellándose en el cubo y el retumbo de las vacas rumiando, unido a ese olor/calor de una cuadra en invierno (calor nutricio, dice Cela), creaban una atmósfera única para un niño ávido de experiencias vitales con deseos de ser mayor. Una humilde bombilla con luz tenue iluminaba la estancia de color sepia anaranjado, las viejas vigas de maderas con crujidos de polillas servían de apoyo a los nidos de golondrinas, esas bellas aves que nos visitan todos los años y que su población desciende drásticamente.

--Antonio, los nidos de golondrinas no se cogen, son sagradas, les quitaron a Jesús las espinas de la corona.

Pero había más animales en aquella cuadra; yo tenía cajones con gorriatos y tordos y una pareja de palomas que volaban por la cuadra en libertad y se posaban encima de Jardinera. También tenía un cernícalo primilla de cabeza gris (el "quica" de toda la vida) amaestrado, que me venía a la mano con un silbido. En la zahúrda mi padre tenía una cochina muy vieja y muy lista, fue la dote de mi abuelo cuando se casó. Más adelante les cuento algo de esa cochina, pero antes quería decirles que, el quica, en un vuelo mal calculado, cayó en la zahúrda y la cochina se lo zampó de un bocado. Mi pena era inconsolable, toda la noche llorando por mi quica, mis padres intentaban consolarme sin mucha fortuna.

--No llores Antonio, que mañana te cojo otro quica, duérmete.

--¿Pero cómo me vas a coger otro si ahora es invierno y no hay?

--Pues cuando vengan en verano, y si no, mañana se lo pregunto a tío Teodoro que tiene de tó.

La cochina se la llevaba el porquero (el hombre que sacaba a gran parte de los cochinos del pueblo a pastar por las masas comunes). El actual tanatorio era el centro (La Gare Centrale) de salida y regreso de la piara. Nuestra cochina por la tarde, al igual que otros muchos, sabía regresar perfectamente a toda velocidad a nuestra casa. Cuando se encontraba la puerta cerrada, para que abriéramos, hozaba con fuerza, a pesar de estar "sortijada" (pircing en los hocico, para los más jóvenes), entraba como loca en el estanco, enfilaba el pasillo, me llevaba por delante, pero antes me quitaba la merendilla, pan y chocolate Kitín Nogueroles, hasta que llegaba a la cuadra "en cata de la harinilla" que mi padre le mezclaba con agua y pan duro ¡Cuanta veces me llevó por delante! ¡Qué sabia era! ¡Qué inteligencia!

La cochina parió ininterrumpidamente todo el tiempo de forma puntual, mi padre me decía que la gestación era de 3 meses, 3 semanas y tres días y ella cumplía su obligación con honestidad. La pobre parió tanto que las ubres ya no se le recogían, tenía un cierto aire a una vieja perra mastina que acompañaba a tío Valentín el pregonero. Los guarrinos, con un mes y medio, se los llevaban los Conejeros ¡qué pena! Entraban en casa los tres hermanos; Pablo, Dioni y El Rápido, parecían el comando de la muerte. Hasta que me fui a la mili le tuve mucho miedo a Pablo, llegaba a casa con los ojos muy abiertos ¡los abría como de más!. Después del shock que me producía ver a cada uno con dos guarros bajo los brazos, sufría de pesadillas horribles en las que Pablo me llevaba bajo el brazo y mi madre sin hacer nada ¡a mi también me vendían!

La pobre cochina, después de aquello, quedaba un par de días descompuesta, pero enseguida volvía a la rutina. Siempre tenía hambre, un día se escapó de la zahúrda y se comió un saco de pan duro que mi padre tenía por el corral, no dejó nada. Otro día, cuando regresaba del porquero, mi madre tardó en abrirle y rompió la frágil puerta de cuarterones de cristal y se llevo por delante la cortina de rayas negras con la que mi madre toreaba. Cuando se la llevó mi tío Cándido El Conde, me dio mucha pena, mi vieja amiga fue sacrificada, no volvimos a tener más cochinos. El comportamiento de este animal me sirvió para tener muy claro que los cerdos son animales muy inteligentes.

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